
Hoy en día, ir a un recital forma parte de las batallas contra el scrolling. Una contienda cuasi inconsciente: nadie va a escuchar algo que le gusta para combatir otra cosa que no le gusta. Sin embargo, es eso.
El domingo, con 78 años, Rubén Blades dio un recital de casi tres horas. Un desfile de canciones que, en muchos casos, superaron los cinco minutos. Conclusión: una sucesión de episodios pentagramados que duran más que una historia de Instagram. ¿Qué atención actual soporta esa espera? Ansiedad: nos vimos.
Pero, además, Rubén hizo un recorrido por sus 52 años de trayectoria artística. Con las notas del bajo que marcaban el inicio de “Plástico” comenzaba un tour por décadas de composiciones, anécdotas y marcos históricos bien diferenciados. A pesar de la heterogeneidad que implica el paso del tiempo, hubo una constante: la amistad.
Willie Colón fue mencionado cada vez que el panameño pudo. Tiempo + amistad: ¿qué resultado da? No lo sé. Pero puedo adivinar, al menos, el ritmo que tuvo el vínculo entre estos dos salseros.

El Movistar Arena se transformó en una salsera tímida. Quizás, una pista de baile aporteñada con clima caribeño. No sabemos si existe esa combinación, pero en Villa Crespo sucedió. Mientras la comunidad venezolana (abundante y festiva) bailaba parada delante de sus asientos, algunos porteños movían el pie con más timidez que ritmo. ¿Las porteñas? Más cerca del Caribe que de la calle Corrientes.
Me gusta pensar el recital alejado de Silicon Valley y Peter Thiel. Lejos implica su falta de intervención directa. Un espacio más allá del algoritmo. ¿Existe?
En los tiempos analógicos, la lista de temas tocados por el artista de turno era reconstruida a la vuelta del recital, con los amigos que hacían esfuerzos descomunales por rearmar el show. Hoy se puede hacer con dos clics. Sin embargo, escribo esta crónica con los únicos rudimentos de mi memoria. Como si fuese a la vieja usanza, pero más como acto de resistencia o de pleitesía al placer de la música. ¿Son cosas distintas?
Rubén tocó todo su repertorio sin bajar ni una tonalidad. Los años no pasaron por sus cuerdas vocales o quizás sí, pero lo hicieron con el método del vino: añejó sin envejecer.
De fondo, las fotografías que acompañaron el show daban un tono clásico. Clásico: estética que no pasa de moda. Como un jean Levi’s. Además, caminó por una cuerda fina, floja y deshilachada. Una vía corroída por la polarización de un país en crisis. Lo hizo sin dejar un ápice de su ideología. Pero lo hizo como un artista que sabe ponerle groove a todo lo que hace.
No mencionó ni un nombre propio, pero nos indicó de manera clara contra qué política protestaba. A nosotros nos dejó la tarea de ponerles nombres propios. Lo hicimos y cantamos “la patria no se vende” cuando finalizó “País portátil”.
A la hora y media sonó “Desapariciones” y, con los acordes del tema, terminó de tejer su punto de enunciación. Un músico que atravesó las dictaduras del Cono Sur y que tuvo que abandonar Panamá junto a su familia, perseguida por el aparato de inteligencia del régimen militar, no puede ni quiere matizar su punto de vista. Tener argumentos contra las dictaduras genocidas de nuestro continente es hoy un lugar de discusión concreto frente a los negacionistas violetas, desde el Río Bravo hasta Ushuaia. Pero, nobleza obliga, que me perdonen los ortodoxos: la versión de los Cadillacs me gusta más.
Tuve la suerte de mirar el recital con una pareja de amigos. Él, un trompetista que miró todo el show con ojos de músico y pies de salsero. Y ella, que se rio cuando le dijeron que tenía que bailar desde el primer tema por encontrarlo una exageración, pero que con los primeros acordes empezó a mover las patitas como cualquier caribeña.
Disfruté con ellos y, sobre todo, de los apuntes analógicos que él nos tiraba a los dos. Por ejemplo, cuando sonó “El cantante” y se la dedicaron a Héctor Lavoe. Nos contó por qué le habían dado la canción al puertorriqueño y por qué le habían cedido los derechos.

Sencillo: un amigo tirado, un compañero de ritmos, otro músico caído en desgracia que necesitaba una mano. Se la dieron y disfrutaron de ver cómo se reconstruía mientras cantaba: “Hoy te dedico los mejores pregones”. De la misma manera que a mí me pasa con los Cadillacs, Blades dijo: “Me gusta más cantada por La Voz”.
Y en esta reconstrucción analógica y sin clicks, las imágenes que se proyectaron mientras sonaba “Todos vuelven” pueden ser el cierre de esta crónica.
No por ser el último tema.
Decir que todos bailamos, nos reímos y disfrutamos con “Pedro Navaja” sería un despropósito de lugar común. En cambio, resaltar cómo aparecieron las imágenes de Mercedes Sosa, Osvaldo Pugliese, María Elena Walsh, Gustavo Cerati y, sobre todo, el omnipresente Indio Solari.
Blades nos hizo cantar y nos hizo admirarlo, pero sobre todo, nos hizo ser más amigos de nuestros amigos y más fieles a nuestras convicciones.
¿Se puede hacer todo eso bailando salsa?
Claro que sí.
