Las derrotas de las izquierdas del siglo XX, la expansión del neoliberalismo y la emergencia de nuevas demandas sociales transformaron el mapa político. El progresismo ocupó buena parte de ese espacio, pero las últimas décadas volvieron a poner en discusión sus límites, sus contradicciones y su capacidad para imaginar un horizonte de transformación.

La derrota de los proyectos revolucionarios del siglo XX dejó en pie como refugio y esperanza transformadora a movimientos insulares: feministas, pueblos originarios, ambientalistas, derechos humanos, se revelaron más disruptivos que las viejas estructuras partidarias o sindicales.
En los países centrales, el neoliberalismo absorbió estas luchas parciales y las convirtió en políticas de la identidad, multiculturalismo y “corrección política” como barniz de desigualdades estructurales. Pero la crisis económica de 2008 resquebrajó la globalización neoliberal y su gran relato progresista. En medio de inestabilidades sociales, olas migratorias y masculinidades frágiles, la derecha antiprogresista encontró un caldo de cultivo.
En América Latina, el ciclo de los gobiernos progresistas empalmó con el agotamiento de la globalización neoliberal. Entre lo viejo que muere y lo nuevo que no acaba de nacer, el antiprogresismo es un puente hacia no se sabe dónde.
La guerra del fútbol
Ahora que La Odisea está de moda, vale la pena recordar que las olimpíadas en Grecia clásica eran una “tregua sagrada” que suspendía la rivalidad entre ciudades-estado. El mundial de fútbol pareció, por el contrario, la continuación de la guerra por otros medios. Irán y EEUU se bombardearon entre sí con sus selecciones en el terreno de juego, mientras Rusia sigue proscrita de la competencia por la invasión a Ucrania. Más curioso fue el cruce del deporte popular con la politización de las redes sociales.
La participación argentina en el mundial empezó bajo el escrutinio de los “gorilas con bombo”, como llamó Pablo Semán a quienes en nombre de tradiciones populares crean una corriente de opinión antipopular. En lugar de advertir que desde 2022 la Selección se convirtió en símbolo indiscutido de nacionalidad, se señaló con el dedo la foto de Messi con Trump. Cabo Verde o Egipto parecían más simpáticos por antimileismo, antisionismo o tercermundismo vintage.

El mundial se convirtió en la trinchera más boba de la batalla cultural, el lugar de una ola hiperpolítica que hace espuma en la polarización identitaria. Pero no se puede pensar de modo elitista este fenómeno, pues ya es parte de la cultura de masas. ¿Queríamos mayorías politizadas? Ahí están hateando día y noche.
Todo cambió con Argentina-Inglaterra. Fue un partido desquiciado, con millonarios del fútbol cantando a los gritos el Himno Nacional, y la bandera de Malvinas ganando el campeonato de patrias irredentas, al menos para nosotros. La politización deportiva menos esperada generó crisis diplomáticas y derrotas oficialistas. Conservadores y progresistas del norte global coincidieron en la campaña antiargentina: fuimos bárbaros, incivilizados y racistas incapaces de un sano multiculturalismo a la vez.
La cuestión nacional es una moneda girando. Permite discutir la propiedad de la tierra, hace que mucha gente blanca se sienta discriminada y colonizada por primera vez (como dijo Pablo Touzón, “el cardumen cancelatorio convirtió a los argentinos en los nuevos judíos del mundo, el chivo expiatorio de Occidente”). También legitima la agenda xenófoba del gobierno, y profundiza la balcanización de la Patria Grande. Lo cierto es que se está gestando algo nuevo que no tiene nada que ver con el gran relato progresista global.
Miseria de la geopolítica
Se suele criticar al progresismo una definición del ser social que prioriza la identidad a expensas de cuestiones estructurales. El mantra posmodernista de clase-raza-género, creado en las universidades imperiales, se pensó en oposición al marxismo, pero resultó tan universalista como aquel.
Con la globalización neoliberal en crisis, en la Argentina el rechazo de los mapas sociales progresistas implicó un retorno a la tradición: la comunidad organizada contra el liberalismo disolvente, el economicismo contra el culturalismo, la manosfera contra las mujeres empoderadas y el colectivo LGBT.
El descuido de la cuestión nacional por el progresismo tardío, junto a la proliferación de guerras y genocidios auspiciados por las grandes potencias, llevó a un revival de la geopolítica como llave maestra explicativa del campo popular.

En un mundo globalizado con capitales, bienes, tecnologías y personas que saltan fronteras y reconfiguran sociedades, es necesario saber cómo los intereses supranacionales afectan la vida local. El problema surge cuando el telescopio de las relaciones internacionales apisona la realidad y minimiza las luchas a escala de las clases populares.
El determinismo geopolítico estalló en las redes sociales con la intervención norteamericana en Venezuela y la guerra en Medio Oriente, cuando se declaró con entusiasmo la muerte del derecho internacional. A la superioridad moral del wokismo se le opone una Realpolitik desengañada, la amarga “red pill” de Matrix que goza con una superioridad estratégica de aficionados al Age of empires. Al universalismo progresista desarraigado se le enfrenta un nuevo universalismo de raíces adaptables, donde Patagonia suena igual que Palestina. Ahora que la palabra soberanía resuena como un significante capaz de enlazar luchas y sectores de modo transversal, podemos arrebatarle a Milei el fantasma de Gramsci para evocar su olvidado Análisis de situaciones. Relaciones de fuerzas. Allí el comunista italiano proponía que cualquier análisis político tenía que empezar por las relaciones de fuerza internacionales. Pero, añadía, las relaciones internacionales seguían lógicamente a las relaciones sociales fundamentales, que era preciso estudiar. No hay geopolítica sin lucha de clases, nacionalismo sin pueblo, ni internacionalismo sin proletarios.
Derechos o privilegios
La crisis del progresismo como visión de mundo llevó a olvidar o esconder que las políticas de identidad LGBT, racialistas, feministas, pueden ser coartadas legitimadoras de los imperios multiculturales, pero en los países colonizados y dependientes son luchas que llevan décadas. En la Argentina, hay historias que contar para conjurar la amnesia: la militancia de las sufragistas socialistas, la campaña de Evita por el voto femenino, los intentos del Frente de Liberación Homosexual para acercarse a la izquierda peronista y marxista en los setenta.
El problema del antiprogresismo es que la crítica acertada al incumplimiento de la agenda modernizadora de derechos tiende a impugnar la noción misma de derecho. La condena se extiende a los sectores que reclaman cartas de ciudadanía social (en la Argentina principalmente mujeres, gays y trans), en nombre de un raro realismo político que deja afuera a más de la mitad de la población.

Es cierto que a un sector de la sociedad le resulta indiferente o hipócrita la retórica progresista de los derechos, hay que hacerse cargo de esto para no hablar un idioma diferente a la lengua popular. La sociedad rota y competitiva de hoy es hija de la mercantilización de la vida, pero también del “Estado presente”, con sus desfalcos y repartos discrecionales. La inclusión trunca segmentó la sociedad, incrementando la sensación meritocrática de injusticia: ¿por qué el vecino tiene un plan si yo me deslomo todos los días trabajando?
La centroizquierda progresista trató los derechos como materia de gestión, neutralizando su carga disruptiva. La derecha ultraliberal los rechaza como si fueran privilegios pagados por las mayorías laboriosas. Una salida posible sería conectar la raíz anticapitalista de las luchas por los derechos sociales, identitarios, a la igualdad de género, etc. Que el capital explotador del trabajo y depredador de subjetividades sea el enemigo común de los precarizados, del repartidor de Rappi a las mujeres en peligro por los Nacho Levy y los Rodríguez Laurta de la vida. No para borrar mediaciones o aligerar responsabilidades, sí para ofrecer un punto de articulación que el progresismo no pudo o no quiso garantizar.
La fe moderna en el progreso como avance contínuo de la humanidad, dominante en el siglo XIX, encontró un límite en el colonialismo, las guerras mundiales, la crisis ambiental y la pandemia global. El colapso de los socialismos reales hizo que fuera más sencillo, como popularizó Mark Fisher, imaginar el fin de la sociedad que el fin del capitalismo, como muestra el éxito del cine postapocalíptico. La implosión de las narrativas progresistas creó un vacío que impide imaginar un futuro deseable y vuelve incomprensible el presente. Es ahí cuando surgen respuestas que parecen atajos pero pueden ser carreteras perdidas.
El fútbol es una parte de la cultura popular irreductible a grillas ideológicas, que se comercializa con éxito, y a veces se politiza para bien. Cuando la geopolítica se reduce al gore sangriento de las naciones en guerra, se convierte en síntoma de impotencia política, lo mismo que las teorías conspirativas donde todo se gesta en las alturas. Sin articulación del campo popular, los derechos civiles ceden su lugar a la ley de la selva capitalista. La imaginación activa puede ser el utopismo concreto de construir comunidad ahora, para volver más próximo un futuro menos cruel que este desangelado capitalismo tardío.
