La derrota de 2023 no solo modificó el mapa electoral. También abrió una discusión sobre la identidad del campo popular: ¿cómo reconstruirse sin terminar adoptando los diagnósticos, las estéticas y los sentidos comunes de las nuevas derechas?

La victoria de La Libertad Avanza en 2023, cresta de una ola política y cultural de las derechas que logró interpelar a sectores de la juventud y de las clases populares, precipitó un reacomodamiento de las identidades partidarias que todavía continúa abierto.
El agotamiento de la centroizquierda como cultura política dominante durante las últimas décadas en la Argentina, sumado al avance global de liderazgos como los de Trump, Bolsonaro, Orbán y Abascal, convirtió al progresismo en el principal responsable de la derrota del campo popular. Ese diagnóstico comenzó a ordenar buena parte de las discusiones políticas posteriores.
En ese escenario, el éxito de Javier Milei para capitalizar el descontento social no solo modificó el mapa electoral. También habilitó la incorporación de estilos, lenguajes y diagnósticos propios de las derechas en sectores que buscan reconstruir una alternativa popular. La pregunta es hasta qué punto esa búsqueda de una nueva identidad puede terminar modificando aquello que pretende reconstruir.
¿El peronismo no es progresista?
El filósofo Luis García, autor del libro Fascismo cosplay, plantea que algunos diagnósticos de la derrota frente a los libertarios corren el riesgo de mimetizarse con el discurso antiprogresista de las extremas derechas. El “progresismo” (entendido superficialmente como la militancia pro-minorías divorciada de las necesidades populares), habría sido el principal culpable del ascenso de Milei. En torno a este balance surge una sensibilidad donde el “progre” siempre es un Otro con mayúscula, de clase alta, extranjerizante, que construye la propia identidad por oposición.
Mayra Arena sostuvo en un streaming que el peronismo perdió popularidad al adoptar el perfil clasemediero “de una chica cool, de mate lleno de stickers”. La compañera Natalia Zaracho, una intelectual orgánica de las clases populares, evaluó por su parte que “el progresismo se pasa de rosca al intentar dictar lo que está bien o mal e incluso cómo se debe hablar”.
Hay un núcleo de verdad en todo esto: las transformaciones del capitalismo argentino hicieron que el viejo peronismo estatista sea más atractivo para los jóvenes universitarios de clase media que para el trabajador de Rappi. El uso oportunista de las banderas feministas desde arriba promovió campañas moralizadoras sin efectos comparables a la movilización por la legalización del aborto desde abajo.
Sin embargo, estas opiniones en sintonía con el algoritmo de las redes sociales no consideran que el peronismo nació, se desarrolló y sobrevivió como una alianza de clases. Más allá de la ideología, el peronismo nunca tuvo nada esencial o telúrico, siempre fue multisectorial, y jamás sectario. De allí proviene su fuerza, por eso Perón decía “si quiero llevar solo los buenos me voy a quedar con muy poquitos, y en política con muy poquitos no se puede hacer mucho”.
Peronismo y progresismo no son antagónicos. La idea peronista de que el Estado y la política tienen que garantizar la felicidad del pueblo viene de la Ilustración del siglo XVIII. El peronismo originario fue antiliberal porque el liberalismo argentino siempre fue cipayo, pero el justicialismo no negó, sino que desarrolló las tareas que la oligarquía y la izquierda no quisieron o no pudieron realizar. El ejemplo más fresco es el voto para las mujeres militado por feministas liberales y socialistas, pero concretado por Evita.
¿El feminismo se pasó tres pueblos?
La crítica y autocrítica del progresismo apunta al feminismo como caso testigo del “que no hacer” de la política popular. En su radicalización, que acompañaron sectores del peronismo y las izquierdas, las feministas habrían cometido excesos como la cultura de la cancelación, el lenguaje inclusivo, y los escraches a varones. Esto, se argumenta, provocó la reacción de la extrema derecha.
Lo que está detrás de la discusión es el antiguo debate entre reforma y revolución. ¿Qué política popular se milita cuando se defiende la moderación en oposición a la radicalidad, a atacar los problemas por la raíz como decía Marx? Entrevistada por Tomás Rebord, Julia Mengolini opinó en relación al feminismo que “toda revolución tiene sus jacobinos”. Su ala más efervescente, de vanguardia, que deja heridos y arbitrariedades en el camino, pero abre espacio a empujones para las reformas posibles.
Cuando fracasa o se agota una revolución aparece la reacción conservadora. Pasamos de las lecturas de Rita Segato y Margaret Atwood a Gustavo Cordera victimizándose en el altar del consumo cultural de masas. De imaginar a Evita con pañuelo verde a la oposición entre demandas populares y “políticas de la identidad” ideológicas, importadas, elitistas.
Este esquematismo trae de vuelta un economicismo o un politicismo bien cuadrados, donde lo urgente es la emancipación del proletariado o la soberanía nacional, y el resto meras “contradicciones secundarias”.

¿Por qué organizarse contra el acoso, la violación y el femicidio parece una lucha menos concreta o menos importante que escuchar a tres gordos hablar de geopolítica por streaming? ¿Por qué tendríamos que elegir entre una cosa y la otra? Cuando se reduce el movimiento feminista a las políticas de identidad lo importado es el discurso antiwoke de la derecha yanki, que viene de una sociedad cuyas distinciones de clase y raza volvieron al progresismo elitista y superficial.
En nuestro país, el feminismo expresa tendencias sociales profundas. Una marea que puede avanzar o retroceder con más o menos espuma, pero no va a desaparecer, como se ve con la moderada revolución sexual de los 60, o en los años 80 con el destape y la ley de divorcio.
Lo preocupante no es que el feminismo se haya pasado tres pueblos, sino que parte de la política popular retrocedió otros tres. Toda revolución, peronista, socialista o feminista se “excede” para acomodarse después, y al que no le gusta es por qué es tibio, o tiene algún privilegio que defender.
¿El sionismo es un problema argentino?
El genocidio palestino en Gaza perpetrado por el Estado de Israel, con más de 70.000 muertos documentados, junto a la agresión de los gobiernos de Netanyahu y Trump a Irán, colocaron a Medio Oriente en el centro del ajedrez político mundial. A pesar de la tradición neutralista de la Argentina, el presidente Milei declaró en Nueva York estar “orgulloso de ser el presidente más sionista del mundo”.
Es sano y se entiende que el movimiento popular incorpore el antisionismo y la liberación palestina como banderas. Lo que llama la atención es la difusión en redes sociales de estereotipos antisemitas, y que usuarios del campo popular compren esta carne podrida.
En enero, el activista antisionista Ariel Feldman advirtió por Instagram la viralización de teorías conspirativas sobre la presencia israelí para explicar los incendios en la Patagonia. Ya se argumentó que no se puede asimilar la correlación con causalidad, y que las fantasías del complot judío replican “fakes news” del siglo pasado, como los Protocolos de los Sabios de Sión y el Plan Andinia. La pregunta es a quien sirven los insultos del tipo “fuera judíos de la Patagonia”, que respondieron el posteo de Feldman. En primer lugar, a Milei y organizaciones como la DAIA, que usan la condena moral del genocidio nazi para darse un baño de progresismo, a la vez que persiguen y desacreditan opositores. En segundo lugar, a capitalistas locales y extranjeros como Joe Lewis, propietario de 12.000 hectáreas en Río Negro, o Peter Thiel, que le vende software militar a Israel y Estados Unidos, mientras es visitado por casi todo el arco político en su mansión de Barrio Parque. Ellos se pasean en nuestro país como oligarcas coloniales, pero el problema es una potencia regional en guerra con sus vecinos a 12.000 km.

Estados Unidos interviene en Argentina con dólares, en Venezuela con militares, en Cuba con un asedio económico, pero lo urgente es usar al sionismo para polarizar y construir alienígenas políticos, que nos hacen olvidar a los verdaderos enemigos del pueblo. No es que no haya que pronunciarse sobre Palestina. El problema es convertir Medio Oriente, Ucrania, o cualquier otro lugar, en eje ordenador de las variables políticas locales, un universal abstracto que recuerda el internacionalismo desarraigado de cierto trotskismo. El antisionismo tiene que ser antifascista, oponerse a cualquier discurso de pureza racial y cultural, o no será nada.
Es posible que estemos frente al fin de un ciclo que precede a un cambio de paradigma de la política popular. Una coyuntura en la que se mezclan ideas, balances e identidades hasta que se impone un nuevo eje organizador como 1945, cuando el antifascismo dejó su lugar a la liberación nacional, o 1983, cuando el impulso revolucionario fue derrotado y la democracia se hizo mainstream.
Ahora que está todo mal con el progresismo, hay una tentación de volver a algún mito de origen. Una imagen galvanizadora de unidad opuesta a la fragmentación real del campo popular, como la doctrina peronista o la causa Malvinas. En esa búsqueda, podemos cometer el error de subir al tren del antiprogresismo sin saber que comprar ese boleto es sumarse a la misma cultura política que nos quiere destruir. Podemos decir con José Carlos Mariátegui qué para no retroceder tres pueblos, la emancipación no puede ser ni calco ni copia de modelos extranjeros, sino creación heroica.
