
¿Qué contás? Nada, nada nuevo.
No debo ser el único en contestar esa pregunta de la misma manera. Por supuesto, detrás de ese nada siempre se encuentra una jornada de laburo, compras en el supermercado, viajes en subte y bondi, charlas, estrés, lavar los platos, horas en la computadora, otras más horas con el celular, decenas de títulos de noticias, etc. Pero no hice nada porque no tengo nada que contarte.
Por lo general, ese nada está acompañado del adjetivo nuevo, nada-nuevo. En nuestro vocabulario, la nada se transformó en la ausencia de alguna interrupción masificada. Algo que realmente nos estimule, sea novedoso y digno de contar para captar tu atención. Todo lo que no corresponda a esto es nada.

¿Qué pasaría si realmente no hiciéramos nada?
Es prácticamente imposible por dos motivos. En primer lugar, nadie pensaría siquiera en hacerlo; y, en segundo lugar, hacer nada no es productivo: no genera ningún rendimiento económico, aparentemente ninguna habilidad nueva y no nos genera satisfacción ni recompone el sueño.
Hacer nada es aburrido. Siempre lo fue. Lo novedoso es que no lo soportamos. Hoy el aburrimiento es intolerable y lo intolerable nos genera fastidio, malestar y enojo: puede ser el hacer nada, puede ser una clase nada o una persona nada. Esta intolerancia a hacer nada, al aburrimiento, y que esto nos produzca a adultos y niños ser más irascibles no es ingenua. No nos pasa a todos y todas por casualidad. Es una pandemia que se fue esparciendo de a poco. Es producto de una ingeniería masiva, pero que muy pocos entendemos y somos capaces de reproducir.
En la actualidad, descontando a las petroleras, las compañías líderes del mundo basan su poder en la concentración sistemática de intangibles. Estos son productos múltiples del conocimiento y los datos, desde resultados científicos y tecnológicos, como algoritmos, IA, vacunas o hasta el big data y el know-how de un negocio. Todos estos intangibles pueden controlarse privando a otros de acceder libremente a ellos.
Tener conocimiento, una propiedad intelectual o información no es garantía de obtener una renta por ese conocimiento encapsulado, pero capturar valor depende de que al menos alguien necesite acceso a ese intangible. Por ejemplo, quienes pagan para que su publicidad aparezca específicamente a ciertos perfiles de usuarios en una plataforma están pagando por un producto basado en datos mantenidos en secreto por la empresa de plataformas.
Los monopolios intelectuales de la actualidad (Amazon, Google, Meta, Palantir, Tesla, Anthropic, etc.) pusieron el conocimiento y los datos de todo el mundo al servicio de aquellas empresas con la capacidad de comprenderlos y utilizarlos. Las plataformas que alcanzan efectos de red concentran millones de usuarios, es decir, cuentan con una fuente de generación de big data permanente que, con los algoritmos adecuados y el acceso a la IA, refuerza la monopolización de la información.

Son tecnofeudalismos que rompen con el viejo orden del capital. Por eso, los dueños del poder ya no son quienes controlan los medios de producción, sino la información. Son grandes monstruos tecnológicos que actúan como señores feudales y los usuarios (nosotros/as) como siervos digitales, entregando nuestros datos y, en este caso, nuestra atención.
Para retener ese caudal de datos constantes se las ingeniaron para adueñarse de nuestra atención y, para esto, resolvieron fragmentarla: un segundo miro una story, vuelvo a ver reels, contesto WhatsApp, entro a la publicidad de Mercado Libre, bloqueo el celu, reviso los mails, miro cómo va a estar el clima hoy, vuelvo a bloquear el celu, entro a mi cuenta de banco, vuelvo a mirar una story, pongo me gusta a una noticia que apareció en mi feed.
¿Una atención fragmentaria, simultánea y total?
Hace unas semanas escuchamos la noticia, mejor dicho, leímos en redes, de que un grupo de treinta personas disfrazadas de Gandalf (con sombreros, cofias y capas grises) caminaron veinte cuadras hacia la casa del tecnócrata Peter Thiel, líder de Palantir (creadora de PayPal, inversora de Facebook y Claude). En el camino se detuvieron frente a la estatua del general San Martín para aplaudir y entonar la Marcha de San Lorenzo, cruzándose casualmente con un regimiento de granaderos que volvía de un acto oficial. Nadie de la organización sacó una selfie: fueron los vecinos, cámara de celular en mano, quienes terminaron viralizando la escena a nivel internacional.

Peter Thiel es defensor de la desregulación estatal, crítico de la democracia y transhumanista, es decir, ansía la sustitución del homo sapiens por un modelo mejor, más inteligente y con mejores condiciones de vida. Se instaló en nuestro país hace dos meses. “Es un anarcocapitalista que encuentra a un anarcocapitalista que está llevando las cosas a la realidad y que está funcionando”, dijo Milei.
“You shall not pass. La concha de tu madre”, decían los carteles de los magos y cantaban:
Peter es muy amigo de Caputito
Le vende software caro y le chupa el pito
Gemelo digital una tapadera
Que rebotan gemelos contra su pera
Palantir es el nombre de la empresa, pero también los palantires son piedras videntes en El señor de los anillos con las que Sauron y Saruman espiaban y manipulaban a distancia. Gandalf, en la saga, es quien se enfrenta justamente a esas fuerzas de dominación y su frase más icónica fue “you shall not pass”. Un poco rebuscado el humor para quien no esté acostumbrado a esos mundillos, pero sin duda no fue una elección al azar ni tan solo un chiste.
Este mismo colectivo ya había disputado antes otro territorio, no el de la mansión del magnate sino el de las paredes de CABA. Meses atrás habían empapelado paradas de colectivo, avenidas y barandas porteñas con afiches anónimos que interpelaban directamente la adicción a las redes, cada uno con un código QR con una recomendación de lectura o una reflexión:
“Sos adicto a Twitter, pelotudo”
“¿Cuántos TikTok vas a ver hoy?
“La concha de tu madre”
“¿Tu novio usa TikTok? Felicitaciones, estás en pareja con un niño”.
Se trata de la organización Yihad contra las Corporaciones de la Distracción. Se juntan religiosamente todos los lunes. Es gente joven, laburantes y estudiantes, autofinanciados, sin Instagram, sin X, sin Facebook: solo una cadena de mails con poco más de cien suscriptores donde publican un newsletter y, hace poco, un podcast. Cada uno de sus encuentros arranca de la misma manera: quince minutos de aburrimiento colectivo. Recién después se discute el temario del día.

El aburrimiento compartido es una forma de hacer política, una práctica de lo que las corporaciones de la distracción nos vuelven cada vez más incapaces de sostener. La Yihad sostiene que el modo de existencia que las plataformas nos imponen empobrece la experiencia vital y erosiona la capacidad de organización política.
Frente a monopolios que necesitan de nuestra atención constante y nuestros datos para generar renta, un grupo disfrazado que camina veinte cuadras puteando le declara la guerra al algoritmo y es increíblemente efectivo. Por eso esta escena, artesanal y barata, recorrió el mundo con más fuerza que cualquier campaña. No jugó el juego de las corporaciones de la distracción, jugó su propio juego.
Quizás allí haya una pista sobre el territorio que hoy toca disputar. Cuando no encontramos el agujero del mate y nos enfrascamos en nuestras propias contradicciones, quizá haya que empezar por algo más simple: juntarse un lunes, aburrirse un rato y salir a caminar.
