
Escribir sobre fútbol en Argentina es una tarea poco original. Hay bandas que cantaron gambetas, toques y goles. Hay periodistas y escritores que reconstruyeron los mundiales desde una perspectiva social y otros que eligieron el detalle mínimo, la emoción o la pasión como forma de narrarlos. Hay pinturas, relatos, fotografías y cábalas. Quizás por eso escribir sobre el fútbol debería dejar de preocuparnos. Hay temas que se han vuelto universales. La pelota es uno de ellos.
Ayer me junté con una amiga para conversar sobre los gajes de la escritura. Antes de llegar a los puntos, las comas, las anáforas y al texto como artefacto, hicimos nuestro balance mundialista. La conclusión fue la misma que ya habíamos repetido con otras personas durante esos días.
— Selección, gracias por los cuarenta días de felicidad.
Después hablamos de Miguel Ángel y de una de sus reflexiones más simples y, justamente por eso, más extraordinarias. Cuando le preguntaron por la genialidad de sus esculturas y por su método de trabajo respondió:
“La escultura ya estaba dentro de la piedra. Yo únicamente he eliminado el mármol que sobraba.”
Mi amiga usó la frase para hablar de las premisas básicas de la crónica. A mí, en cambio, el concepto me llevó al día después de la final.

¿Qué mármol sobra en este Mundial?
Sobran los intentos de apropiarse de una felicidad que nunca fue propiedad del Gobierno nacional. Tampoco lo habría sido con otro gobierno. Sobran las fotos buscadas a la fuerza por un presidente anaranjado que quiso apropiarse de una alegría construida por otros. Sobran los oportunismos, las publicidades de apuestas deportivas y toda la parafernalia consumista del antes, durante y después de cada partido.
Sobra mucho.
Lo que queda es más interesante y menos rebuscado.
Quedan los lugares comunes: las picadas con amigos y amigas, los bares repletos, la cerveza compartida, los chistes repetidos, las canciones nuevas y también la de siempre.
“Vamos, vamos Argentina…”
Nada original.
Todo compartido.
Todo nuestro.
Y de nadie.
También queda una semifinal que algunos intentaron desinfectar de historia. Quisieron convertir un partido contra un país colonialista que todavía ocupa parte de nuestro territorio en un espectáculo completamente aséptico.
Sin olor.
Sin pasión.
Sin dolor.
Lo propusieron con absoluta naturalidad, como si pudiera existir un encuentro entre Argentina e Inglaterra completamente desligado de nuestras Islas.
Pero, una vez más, un lugar común ordenó la realidad.
Cuando terminó el partido, una bandera hecha con sábanas apareció entre las manos de los jugadores. Una consigna escrita a mano, un trapo improvisado y un grupo mirando a la tribuna alcanzaron para devolverle a esa victoria toda la densidad de su historia.

Unos días antes les había preguntado a mis hermanxs y a mi papá por los partidos contra Inglaterra. Mi viejo, como tantas otras personas, había visto todos los cruces mundialistas con los piratas: los de antes y los de después de la guerra de Malvinas.
Como el del 86: ese lugar donde volvemos para reconocernos.
Mientras seguía pensando en Miguel Ángel me di cuenta de que otro hombre había explicado exactamente lo mismo. Solo que llevaba botines en lugar de cinceles.
Hace muchos años le preguntaron a Ricardo Bochini cuál era el secreto de su fútbol.
El Bocha respondió:
“Me paro donde no hay nadie y se la doy al que está solo.”
Quizás eso fue también este Mundial. Encontrar, en medio de una época saturada de apropiaciones, marketing y una polarización asfixiante, un lugar donde todavía era posible recibir la pelota.
Entonces, al agradecimiento inicial, le agrego otros:
Gracias por los cuarenta días desfragmentados.
Gracias por los cuarenta días de una canción en loop.
Gracias por los cuarenta días de perseguir una pelota; de esperar, sufrir y abrazarnos.
El fútbol: un lugar común. Una forma poco original de ser felices.

Cada escrito es una oportunidad de pensar nos aunque del tema muchos escriban. Las citas mencionadas y tu mirada nos convoca a buscar lo que esta dentro de la piedra , compartirlo con el otro y sacar lo que sobra. Gracias !
Cada escrito de Lu, siempre me remonta a la posibilidad de poner en palabras cada una de las emociones vividas en un mundial. Soy parte de esa población que solo se une cuando hay una pelota. Me he sentado al lado de mi padre sin saber de fútbol solo para compartir el momento y contruir experiencias y encuentros! Sentí cierta tristeza cuando perdimos la final y no era algo tan alejado luego de sentir tantos días de felicidad. No queremos que termine nunca. Gracias Lu por regalarnos tus escritos y poner en palabras nuestros sentires. Te felicito!
El Mundial no es solo fútbol: es la excusa perfecta para abrazarnos, gritar un gol hasta quedarnos sin voz y compartir momentos que se vuelven recuerdos para siempre. Durante esas semanas, el tiempo parece detenerse y lo único que importa es estar con quienes amamos. Pensar en qué se come, qué se toma , repetir las cábalas, planificar la próxima fecha … Pero cuando el último partido termina, queda un silencio extraño, un vacío difícil de explicar. Porque lo que realmente extrañamos no es solo la pelota rodando, sino la enorme felicidad de haber vivido esos instantes juntos…
Gracias Lu por invitarnos a reflexionar…