
Hay derrotas que dejan bronca y silencios. Otras dejan dolor y gratitud. Nadie juega a perder, se juega para ganar. La final contra España no nos encontró preguntándonos quién había jugado mal o buscando un culpable. Nos encontró haciendo algo mucho más extraño en el fútbol argentino: desde el dolor de la derrota decir gracias.
Quizás por eso el nombre de esta nota es El amor después del amor. No porque haya un amor que reemplace a otro. Maradona seguirá siendo irrepetible. Pero esta Selección nos enseñó que también existen los segundos amores. Esos que llegan sin hacer ruido y terminan cambiándote la vida de otra manera, porque nos volvimos a enamorar. Porque claro que hay amor después del amor.
Años de frustraciones. Cada derrota alimentaba esa distancia insalvable entre el equipo y la gente. Pero algo cambió. No cambió solamente porque llegaron los títulos. Los títulos consolidaron un proceso, pero no lo explican. La identificación empezó antes. Empezó cuando un grupo de futbolistas dejó de presentarse como una suma de individualidades para convertirse en un colectivo. Cuando el pueblo se empezó a sentir identificado con cómo jugaba el equipo pero también cuando se empezaron a trasmitir emociones, cuando se permitieron emocionarse nos conmovieron. Porque pedir ayuda yendo a terapia no es de loco, sino de alguien que decide afrontar lo que le pasa. Porque mostrarse vulnerable no es síntoma de debilidad. El éxito y la vulnerabilidad van en el mismo micro.

Es tentador hablar del “método Scaloni”, como si todo pudiera resumirse en un hombre. Pero quizás el mayor mérito de Scaloni, Aimar, Ayala y Samuel haya sido exactamente el contrario: construir una Selección que dejó de depender de un héroe. El liderazgo consistió en repartir protagonismo, en aceptar que nadie sostiene solo un proyecto colectivo. Pero tampoco hay que quitarle el lugar en esta construcción. Desde la humildad supo construir un nosotros, sin rencores. No usó las victorias para ajustar cuentas. Nunca necesitó humillar a quienes lo habían subestimado. Entendió el juego dentro y fuera de la cancha. El ciclo de Scaloni arrancó desde la vulnerabilidad absoluta. Llegó con la etiqueta del inexperto, cuestionado por casi todos, sin el prestigio que suele exigir el fútbol y se puso a trabajar. Como todos nosotros cuando experimentamos nuestro primer laburo.
Entendió que un grupo no se ordena únicamente desde la autoridad sino también desde el reconocimiento de las necesidades de cada integrante. La fortaleza de este equipo nunca estuvo solamente en el talento de Messi o en el despliegue de sus compañeros. Estuvo en haber construido un nosotros. Personas antes que jugadores y ese “que grupo de jugadores, hermano”, que todavía resuena en nuestros oídos. Qué manera de conectar tan intensamente con las emociones de la gente.
Nos vimos reflejados y representados en un equipo que competía al máximo sin dejar de emocionarse. Que podía llorar una derrota sin esconder las lágrimas. Que festejaba cada gol como si fuera el primero. Que agradecía a los cocineros, a utileros, a quienes casi nunca aparecen en la foto. Que hacían un asado todos juntos y nosotros queríamos estar con ellos. Porque eso son y esos somos, eso es ser argentino. Hacer lugar porque viene el amigo de un amigo que a los 5 minutos ya es un amigo más. Qué raro es descubrir que personas que nunca nos vieron pueden llegar a ocupar un lugar en nuestra vida. ¿Como es posible querer a alguien que no conoce de tu existencia?

La imagen más poderosa que dejó esta Selección fue la de un grupo unido. Y en el centro de ese grupo también estaba Messi. Hace 12 años lloraba porque creía que nunca iba a poder darle un título a la Argentina. Está vez volvió a llorar después de perder una final. Entre esas lágrimas se metió una Copa del Mundo, dos Copas América, una Finalissima y una generación entera que aprendió que competir también es saber perder. ¿Cuantos criticaban a Messi por no cantar el himno? ¿Cuantos le dijeron que era español al tipo que habla “rosarino” después de estar toda una vida allá? Cualquiera de nosotros estamos un ratito en España y ya estamos zezeando. Messi quiso irse. También se cansó. También sintió que el esfuerzo no alcanzaba. ¿Quién no pensó alguna vez en abandonar aquello que más quería después de recibir un golpe tras otro? ¿Nunca tuviste ganas de tirar todo al carajo? Messi se equivoca, vuelve y dice que tiene ganas de ganar algo con la selección que a él “le tira eso”. Como a nosotros. La gente le debía a Messi verlo caer y no serle cruel. Insistir y persistir por su sueño, que era el nuestro. Insistir y persistir “hasta que todo sea como lo soñamos…”, es lo que nos enseña.
Nos representaron porque jugaron como nos gustaría jugar a cualquiera de nosotros si alguna vez nos tocara defender esa camiseta. Con hambre de ganar, sí, pero también jugando a la pelota, levantando al compañero cuando se equivoca, corriendo por el otro cuando las piernas ya no responden, “jugando como si tuvieran 7 8 años”. No jugaron como estrellas, jugaron como “indios”. Unidad y solidaridad. Jugaron como juega cualquier grupo de amigos un sábado a la tarde o un viernes a la noche dejando todo en un torneo de barrio. No nos hicieron sentir espectadores, nos hicieron parte.

En Brújula no vamos a hacernos los distraídos con los gestos que nos conmueven. La rebeldía de la bandera de “LAS MALVINAS SON ARGENTINAS”, nos toca el corazón malvinero que tenemos. Todos sabíamos que no era solo un partido de fútbol. No es solo ponerse la camiseta. También es llevar consigo una memoria. Un dolor. Una causa que sigue siendo colectiva y que sigue abierta.
Esos gestos tienen la fuerza de recordarnos quiénes somos. Y es ese puño apretado gritando por Argentina cuando termina el partido con los ingleses.
Gracias por no dejar nunca a nadie tirado. Porque eso, en el fondo, también es una manera de representar a la Argentina. La de las casas donde siempre aparece un plato más en la mesa. La del amigo que cae sin avisar y encuentra un lugar para dormir. La del abrazo antes que el reproche cuando las cosas salen mal. Es el mate compartido de mano en mano, de corazón a corazón.
Termino el partido y nos quedamos ahí. Mirando, acompañando. Como si irnos fuera dejarlos solos demasiado rápido. No había nada que hacer, ellos no podían vernos. Pero muchos sentimos la necesidad de acompañar ese dolor. ¿Cómo vas a dejarlos tirados si ellos nunca lo hicieron? Seguro algún niño vio al padre aplaudir en la derrota a un grupo de jugadores o como esa nena que al ver llorar a Messi, acariciaba la pantalla del televisor como si pudiera consolarlo y decía que era su amigo. Quizás todos hicimos un poco eso. Nos quedamos un rato más porque el dolor compartido pesa menos. Porque cuando alguien nos representa de verdad, la derrota también se acompaña. Y tal vez ese sea el verdadero amor después del amor.

Gracias! Gracias por capturar el proceso recorrido con tanta maestría y sensatez. El amor después del amor! Me encantó! Gracias jugadores, gracias cuerpo técnico! Soy hincha de esta selección! Soy fan x siempre de la Escaloneta!
Excelente, solo el amor nos rescata, nos abraz y nos impulsa entendiendo que necesitamos del otro, de ser parte de un grupo para sentirnos pertenecientes… eso somos los argentinos… gracias pro el amor despues del amor