Una conversación con Luis Ignacio García

La subestimación del fenómeno Milei antes de su ascenso al poder en 2023, multiplicó hasta el hartazgo los intentos de comprender, desde la militancia política y las ciencias sociales, el por qué de la avanzada de la extrema derecha. Del mileísmo se intentó explicar su filosofía ultraliberal, las motivaciones de sus bases juveniles y subalternas, y las inclinaciones autoritarias en sus formas de comunicar y ejercer el poder. Poco se hizo todavía para fabricar conceptos que nos permitan combatir a semejante adversario, más allá del diagnóstico abrumador. Varios de estos puntos, conversamos con Luis Ignacio García.
En su reciente libro Fascismo cosplay, el filósofo aporta ideas originales para superar la controversia semántica de ponerle nombre a las cosas: la hipótesis de un “devenir drag” del fascismo clásico, que utilizó la autoparodia como caballo de Troya para infiltrarse en la sociedad a través del consumo irónico y la crisis de representación. Entre posverdades, ficciones y teorías conspirativas que se vuelven lenguaje popular, el mileísmo se mueve como pez en el agua:
¿Al fascismo cosplay se le opone un antifascismo con las mismas reglas?
¿Qué escenario se abre con el giro antiprogresista de la política popular?
En tu libro Fascismo cosplay, vos caracterizas como fascista a Milei, que se define en oposición a dos principios fuertes del fascismo clásico, el estatismo y el antisemitismo: ¿por qué pensás que el antifascismo tiene potencia política para las luchas del presente? ¿Puede prender en un público amplio?
El libro no busca definiciones fijas, sino movilizar y tensar inercias de nuestras discusiones y categorías recurrentes. No se trata de un libro analítico, sino de una colección de escenas paradigmáticas desplegadas en una crónica filosófico-política de este tiempo. A lo largo del libro exploro las distintas razones que se han aducido a favor y en contra de esa denominación, distinguiendo, a la vez, entre el debate teórico o historiográfico del debate más estrictamente político de actualidad.
En cuanto al debate teórico, me interesan tanto las afinidades como las diferencias con el fascismo histórico. Las afinidades son múltiples, e incluyen el estatismo y el antisemitismo, en sus versiones actuales: el supuesto anti-estatismo no es más que un ultra-neoliberalismo económico que sin embargo convive con un recrudecimiento neoautoritario anti-republicano en lo político, es decir, una inédita combinación de hiperpresidencialismo y empoderamiento de las dimensiones represivas, de inteligencia y control del estado, optimizadas por las nuevas formas de gubernamentalidad algorítmica. El supuesto anti-antisemitismo, por su lado, es el antisemitismo de nuestro tiempo, la islamofobia, donde el lugar del chivo expiatorio dejó de estar ocupado por el judío y pasó a ser ocupado por el palestino, el musulmán, para replicar la estructura, un antisemitismo por otros medios: sólo cambió de target, para poder replicar la misma estructura (meta)política del exterminio, en la que una parte de la humanidad merece, efectivamente, ser aniquilada.

Al neoautoritarismo 2.0 (estatismo modo Trump) y la islamofobia (antisemitismo modo Netanyahu) se le suman la movilización política a través del odio y las pasiones más oscuras del resentimiento y la división social. Los autoritarismos del pasado en nuestro país operaban a través de la parálisis y el silenciamiento producidos por el miedo (muy paradigmáticamente en la última dictadura militar), mientras que hoy vivimos una continua movilización y aturdimiento (hiper)políticos a través del odio intra-clase, que fue el rasgo social más característico del fascismo histórico.
Ahora, junto a las afinidades, me interesan las divergencias: el fascismo histórico era un régimen basado en el autoritarismo de una verdad única, mientras que el neofascismo contemporáneo es el régimen más adecuado al imperio de la posverdad. Por eso digo fascismo cosplay, un fascismo que aprendió a reírse de sí mismo y a adoptar las formas móviles, autoparódicas y cínicas de las redes sociales como paradigma de la circulación contemporánea de la palabra. Esta diferencia plantea desafíos para los que no estamos habituados, y sitúa al enemigo de la democracia en lugares inesperados. Tenemos que reaprender un nuevo antifascismo que no sea tanto una crítica de la verdad única, sino una resistencia a la descomposición de la verdad y la palabra en la cloaca de la comunicación digital actual.
Junto a estos debates más teóricos, sin embargo, podemos distinguir los políticos. Y por supuesto que la oportunidad de utilizar un vector “antifa” de articulación dependerá de las coyunturas.
«Tenemos que reaprender un nuevo antifascismo que no sea tanto una crítica de la verdad única, sino una resistencia a la descomposición de la verdad y la palabra en la cloaca de la comunicación digital actual.«
Ahora, lo cierto es que, con una oposición inerte y una multiplicidad tan amplia de frentes de ataque virulento por parte del gobierno, es razonable que surjan vectores amplios y transversales de articulación del sufrimiento social. Las dos marchas “del orgullo antifascista, antirracista y lgtbtiq+” del 2025 (el 1F) y el 2026 (el 7F) lo han demostrado.
Hay dos conceptos que se conectan en tu trabajo, el de “izquierda trumpista” y “progresismo antiprogresista” (podríamos pensar también en un “peronismo trumpista”). ¿Cuáles son sus rasgos actuales, y que estrategias se pueden desarrollar para discutir los límites del progresismo sin quemar sus banderas?
Intenté cartografiar cómo reaccionaba el amplio arco progresista ante la derrota histórica que implicó el triunfo de Milei. Pues una de las tareas de este tiempo de autocrítica y reformulación es construir una posición adecuada para elaborar la derrota y relanzar nuestras banderas. En un extremo, hay un progresismo bobo que no se enteró de lo que pasó y sigue pensando que el votante de Milei es un descerebrado y este gobierno un paréntesis pasajero. En el otro extremo, hay una “izquierda trumpista” con la que nombro las propuestas de un peronismo conservador como las de Moreno, que buscan escindir radicalmente peronismo de progresismo, y ser algo así como el Milei del campo popular. Al medio oscila el progresismo antiprogresista, una posición esquizo que impregna plumas de analistas importantes, que, sin fe en la retro-utopía conservadora de un peronismo idílico y arcaico, sostiene y despliega la hipótesis de “nos pasamos tres pueblos”, es decir, la hipótesis que supone que la autocrítica del progresismo exige el abandono de sus banderas. La izquierda trumpista, al menos, cruza la línea y se asume como una postura neoconservadora en sintonía con el neofascismo. El progresismo antiprogresista no tiene ese valor, y desde una realpolitik cínica (o a veces autosacrificial) se limita a vaciar su propio discurso democrático de las militancias más importantes de nuestra postdictadura: feminismo, ambientalismo, poscolonialismo, incluso el propio discurso de los derechos humanos.

Pues tanto la izquierda trumpista como el progresismo antiprogre dan por buena la crítica que la ultraderecha hace de la izquierda: que devino “woke”. Es decir, que se perdió en vindicaciones minoritarias de identidades agraviadas, olvidando los problemas económicos reales que afectaban a mayorías cada vez más amplias y cada vez más distanciadas del discurso progre. Su argumento preferido: “es que el progresismo dejó de hablar de la clase y se regodeó en el reconocimiento de minorías”. Y entonces uno le pregunta al progresista antiprogre: ¿quién sí habló de clase y de capitalismo? ¿La CGT? ¿El peronismo? ¿El Papa? Y, a la vez, ¿los feminismos, los ambientalismos, los indigenismos, fueron en todo este ciclo movimientos por el reconocimiento cultural de minorías agraviadas sin ningún planteo de clase? En el libro cito una frase de Martín Rodríguez que rezuma este gesto hasta la obscenidad: “te podés casar con un canguro pero no te podés comprar un dos ambientes”. Cinismo boutique para al menos estetizar la derrota en tiempos de impotencia.
La estrategia que necesitamos es clarísima: des-minorizar las luchas del campo democrático y popular de nuestra postdicadura, ese mundo plural de experimentación que nos quieren hacer eliminar bajo la acusación de “woke”.
«Su argumento preferido: “es que el progresismo dejó de hablar de la clase y se regodeó en el reconocimiento de minorías”. Y entonces uno le pregunta al progresista antiprogre: ¿quién sí habló de clase y de capitalismo? ¿La CGT? ¿El peronismo? ¿El Papa?«
Porque yo sí sé quién habló de clase y de capitalismo todo este tiempo de defecciones: el feminismo, que habló del trabajo no pago, anticipó los problemas de la precariedad y de la deuda, mostró que el trabajo excede el mundo del salario, discusiones que jamás encaró el peronismo ni el sindicalismo; el ambientalismo, que habló de modelos productivos, que planteó los límites del extractivismo, que señaló la necesidad de romper con la primarización de la economía; las luchas de los pueblos originarios, que son quienes sostuvieron el problema de la tierra y las comunidades, que hoy aflora en las luchas contra el saqueo de nuestro territorio. La tarea ideológica es liberar a esas luchas de nuestra postdictadura del corset “woke” con el que se las quiere negar, reconectándolas con su crítica sistémica al capital y a la sociedad de clases, esa memoria que ahora el neofascismo, con la ayuda de los progres antiprogres, nos quiere hacer barrer para que no contemos con la fuerza histórica de nuestras propias tradiciones emancipatorias.
Vos notás las tensiones del discurso progresista sobre el odio y la crueldad de la extrema derecha, pero reivindicas esas palabras para describir la violencia del gobierno: ¿focalizar en ese discurso no fija al campo popular a un estatuto de víctima paralizada por la agresión? ¿Qué gramática nos permitiría ir más allá de la denuncia a la maldad radical del mileísmo?
Odio y crueldad tienen que ser entendidos en su función sistémica, y no como atributos individuales de maldad moral. La movilización política del odio y la aceptación colectiva de la crueldad tienen la función estructural de desplazar los umbrales de la violencia política. Olvidar esto es privarnos de una dimensión muy relevante de los modos de difusión del neofascismo. Ahora, el uso moralista de esos términos no sólo nos desvía del enemigo, que nunca son individuos aislados sino un sistema de violencias, sino que además reproduce la posición de superioridad moral de quienes denuncian crueldad u odio: siempre es el otro el cruel, el que odia. Reproducimos, así, la posición autocomplaciente de superioridad que el mileísmo vino a arrancar de cuajo en el progresismo, y con toda la razón.
Otro de tus planteos es que no se puede discutir con los fascistas, porque la batalla cultural no implica debatir sino pudrirla, “inundar la zona de mierda”, como dijo Steve Bannon. ¿Qué alternativa tenemos para tomar la palabra en una sociedad que vive conectada a algún dispositivo, y donde el control del relato es clave para las clases dominantes?
Creo que no hay otra que ejercer el arte de la palabra con confianza a la vez que con pasión experimental. Es decir: insistir en la multiplicidad de mundos que se abren en un ejercicio potente y sustancial de la palabra, y hacerlo al interior de este proceso de transformación de los medios, soportes y circuitos de la palabra y del sentido en nuestro tiempo. Creo que la estrategia de “inundar todo con mierda” es la estrategia de clases dominantes que saben que el control del relato es inviable en tiempos de redes.

De lo que se trata, y vuelvo al comienzo, no es de instaurar una imposible verdad única, sino de disolver todo sentido de verdad. Es la responsabilidad de quienes trabajamos con la palabra movilizar toda su potencia, darla a conocer, a experimentar y a saborear a las generaciones que están expuestas a toda esa violencia de nuevos medios y miedos. Confiar en la palabra y en sus posibilidades de mutación en el presente.
