Mientras el país escuchaba partes de guerra, el rock empezó a sonar en las radios y a reunir multitudes. Entre la paz y la dictadura, una generación buscaba decir lo que todavía no podía nombrar.

Hay más de 80 mil personas en el público. La mayoría de los participantes son jóvenes y están para ver a los artistas de rock más relevantes de la escena argentina. Hablan entre ellos, esperan, fuman un cigarrillo y vuelven a esperar. La cita es en la cancha de rugby y hockey del club Obras Sanitarias. Los acordes de los instrumentos suenan a metros del Centro Clandestino de la ESMA, donde muchos otros jóvenes son desaparecidos. El día: 16 de mayo de 1982.
Desde hace un poco más de un mes, Argentina vive en guerra con Inglaterra. El 2 de abril de ese año, el general Leopoldo Galtieri ordenó el desembarco en las Islas Malvinas. De esa manera, el reclamo histórico por la recuperación del territorio argentino se convirtió en una táctica para prolongar la vida de la dictadura.
Los jóvenes tienen camperas deportivas y buzos livianos. En sus caras se pueden adivinar sus edades.
¿Quiénes son?
Crecieron en dictadura.
Vieron desaparecer a hermanos mayores, amigos de hermanos mayores, tías, madres y padres.
A los que no, los vieron partir hacia las Islas.
Son los jóvenes que hoy tienen más de 60 años.
Ya es de noche.
Una guitarra Ovation clásica hace sonar los primeros acordes de Barro tal vez. Luis Alberto no está solo: sus socios de Spinetta Jade lo acompañan. A un lado, Diego Rappoport; al otro, el padre del líder de Conociendo Rusia, Leo Sujatovich.
La mano derecha del Flaco mueve sus dedos para arpegiar un Re menor, mientras salen por las columnas de sonido las primeras palabras: “Si no canto lo que siento, me voy a morir por dentro”.
Kamikaze: un disco coincidente en tiempo y espacio
El recital es el Festival de Solidaridad Latinoamericana, un evento con contradicciones. Allí, Luis Alberto Spinetta canta dos temas de su último trabajo. El Flaco ya había pasado por Almendra, Pescado Rabioso e Invisible. Alternaba su carrera solista con Spinetta Jade. En ese recorrido aparece Kamikaze: un disco austero que salió a la calle el 2 de abril, el mismo día en que comenzaba la guerra en Malvinas. No fue un lanzamiento pensado para ese contexto. Pero quedó ahí, fijado en el tiempo.
Spinetta tenía (y aún tiene) acostumbrado a su público a referencias literarias y búsquedas conceptuales: basta pensar en Artaud, el disco que acercó a muchos al poeta francés. Kamikaze, en cambio, parece correrse: más íntimo, más desnudo, pero con un título en la misma clave. Remite a una figura extrema: la del piloto que se lanza contra su propio destino. No como concepto cerrado, sino como imagen en tensión. Algo de esa tensión atraviesa el disco.
Son once temas breves, de una fragilidad poco habitual en el rock de la época. Canciones que, sin proponérselo, empiezan a dialogar con el clima emocional de un país en guerra. Durante los 74 días que duró el conflicto, esa música ofrece otra cosa: un registro más íntimo, más incierto, más humano. No fue un disco sobre Malvinas, pero quedó pegado a ese tiempo: una de esas coincidencias aleatorias que los tiempos dolorosos dejan caer.
Entre la paz y la guerra: el rock nacional en dictadura
El Festival de Solidaridad fue un evento atravesado por varios procesos: la clausura del rock nacional, la Guerra de Malvinas y la dictadura militar. La escena musical argentina discutió su convocatoria y su realización. Mientras que Pil Trafa, de Los Violadores, manifestaba su total oposición, otros se preguntaban si había alguna hendija por donde sortear el grado de complejidad de la situación política.
Además de Luis Alberto Spinetta, participaron León Gieco, Charly García, Raúl Porchetto, Nito Mestre, Pappo, entre otros. Los músicos que subieron al escenario estaban en contra de la guerra y de la dictadura. Sus consignas, canciones e intervenciones repetían un mismo pedido: paz. La empatía con los soldados en el archipiélago fue el punto de encuentro.
Mención aparte merece Virus. Los hermanos Moura, líderes de la banda, tenían un hermano desaparecido y no estaban dispuestos a establecer ningún vínculo ni cercanía con los perpetradores del Terrorismo de Estado.

Raúl Porchetto comentó en varios reportajes que no estaban de acuerdo con la guerra y que no querían que se comprara una sola bala con lo recaudado. Por eso, acordaron que la entrada fuera gratuita y que la colaboración consistiera en alimentos no perecederos y frazadas. En las afueras de Obras Sanitarias, sobre la Avenida del Libertador, los camiones militares funcionaban (esta vez) como contenedores de lo reunido.
Las bandas comenzaron a tocar a las cinco de la tarde y el recital se extendió hasta pasadas las diez de la noche. Hizo frío y lloviznó, pero el público no se movió.
El capítulo de solidaridad que el rock construyó finalizó con tristeza y desazón. Al poco tiempo, se supo que lo recaudado terminó en manos de la dictadura y que muchos de los chocolates con cartas a los soldados se vendían en Rosario. León Gieco repitió varias veces que la oportunidad de pedir por la paz y reunir ayuda tenía sentido, pero que quizás Pil Trafa tenía razón.
En consonancia con ese acuerdo, antes de iniciar su actuación, el Flaco declaró: “Nos podamos reunir siempre para la paz. Por la paz y por los chicos de la guerra”.
Frecuencia Modulada y pelo largo
La revista Pelo, ícono de la época, en su número 162 titulaba en su tapa: “La hora del rock nacional”. Era la nota central y el argumento principal era que, ante el decreto de la dictadura que prohibía la transmisión de música en inglés, el rock nacional tuvo la oportunidad de ocupar la programación en las emisoras. En la misma publicación, se reivindicaba la soberanía de las Islas Malvinas, pero también se afirmaba que el rock lo era y que podía definirse como el folklore de la tecnificación.
Esa irrupción no fue solo musical, sino también política. De un día para el otro, lo que durante años había sido expulsado hacia los márgenes, perseguido o tolerado a medias, empezó a sonar en horario central. Las mismas canciones que circulaban en recitales, en discos o en espacios reducidos comenzaron a filtrarse en la vida cotidiana de millones de personas. El rock entraba a las casas por la radio, mientras el país escuchaba partes de guerra.

Pero esa visibilidad estaba atravesada por una tensión difícil de resolver. El crecimiento del rock en las radios no fue el resultado de una apertura cultural, sino de una decisión estratégica del propio régimen. La prohibición de la música en inglés funcionó como condición de posibilidad para esa expansión. En ese marco, el rock nacional ocupó un espacio que no había conquistado plenamente bajo la censura, sino que le fue habilitado por un contexto excepcional.
Ahí aparece una de las contradicciones más profundas de ese momento: el mismo Estado que censuraba, perseguía y desaparecía jóvenes habilitaba indirectamente la circulación masiva de una música producida, en gran parte, por esa misma generación. Mientras en la ESMA se desplegaba el terrorismo de Estado, en las radios sonaban canciones que hablaban de sensibilidad, de introspección, de búsqueda, de paz y libertad.
En ese cruce entre guerra, dictadura y cultura, el rock nacional encontró un lugar inesperado. No como expresión pura de resistencia ni como herramienta del poder, sino como un espacio ambiguo, atravesado por tensiones: un lenguaje que permitió decir algunas cosas, susurrar otras y, sobre todo, acompañar emocionalmente a una sociedad atravesada por la violencia represiva, la incertidumbre y la espera por la vuelta de sus “pibes de Malvinas”.
Al terminar de cantar Umbral, Barro tal vez y Ella también, a casi dos mil kilómetros de las Islas Malvinas y a metros de la ESMA, el Flaco se levanta, alza la guitarra y dice: “En nombre de la paz, muchas gracias”.
