Las películas no se ruedan en un solo día; los duelos, tampoco. Pasaron los días y, juntos, hicieron una semana. Hoy, siete días después, quizás (y solo quizás) puedo decir algunas cosas. Como directora de cine, como cinéfila, como argentina y contemporánea de batallas nacionales que no siempre ganamos. Creo, también, que el mejor lugar para despedirme será desde mi propia historia: que es la de Aristarain, la de mi papá y la de muchas generaciones argentinas

Hace una semana, se murió Adolfo Aristarain. Hace una semana, la angustia por la noticia me llevo a recordar mi película favorita de todos los tiempos y, también, la muerte de Mario Dominici. Ese personaje interpretado por Federico Luppi, padre de Ernesto, el joven protagonista de Un lugar en el mundo (1992).
Este recuerdo me llevó a otros recuerdos contenidos en una gran mamushka: la muerte de mi propio padre cuando yo tenía la edad de Ernesto, nuestra historia familiar y colectiva, la dictadura, el exilio y las ausencias, esos grandes temas que Aristarain sabía retratar de manera clásica, precisa y sumamente sentida. En sus propias palabras: “El cine que uno hace es lo que uno es”. Y me permito agregar que el cine que uno prefiere también lo es.
Ese mismo domingo, revisé esa película (una vez más); la voz en off de Fabián Vena, junto a la música incidental de Emilio Kauderer, me retumbaba en los miles de recuerdos: “No sé por qué vuelvo” dice el Ernesto adulto. Un lugar que ya no existe, un país que ya no existe, porque ya no están lo que estuvieron en algún momento, los que lucharon y fueron asesinados, pero también los que murieron de tristeza como mi padre, como Mario y quizás como Adolfo, al morirse en este presente tan parecido a aquel, tan injusto. La voz de del Ernesto adulto continúa: “Hay cosas de las que uno no puede olvidarse. No tiene que olvidarse, aunque duelan”.
Luego de esa introducción tan potente, el relato se abre a un largo flashback donde conocemos la historia a través del joven Ernesto que tira de una carreta con su viejo caballo a toda velocidad, disputándole una carrera al tren hasta la estación del pueblo. Esa escena vertiginosa, a lo western, retrata la enseñanza del padre en su último invierno: “Yo no digo ‘se perdió una batalla, pero no la guerra’, yo digo ‘si la guerra se ha perdido por lo menos me quiero dar el lujo de ganar una batalla’”. En esta película, el viejo caballo y el niño le ganan al tren, a la modernización, al “progreso”. Aunque para el personaje interpretado por José Sacristán, “el gaita”, les diga que “su idealismo es acojonante” pero ya no cabe, ya no existe.
Luego la familia viaja con su nuevo amigo a la ciudad, hacen su trabajo comunitario, cenan afuera, van al cine, hablan del gusto por John Wayne, el mayor protagonista de western de la Historia del cine, el que gana todas las batallas, una vez le toca quemar su propio rancho al perder el amor de la chica de sus sueños en El hombre que mató a Liberty Valance de John Ford (1962).
El padre, interpretado por Luppi, al que ya habíamos visto cortándose la lengua en Tiempo de revancha (1981) por ese mismo idealismo de los cabezadura, lo tildan de haberse quedado en la utopía, de no arrodillarse ante el dinero, el sistema neoliberal, de no quedarse sin chistar comiendo una vez al día. Su hijo Ernesto, que lleva el nombre de su tío asesinado por la dictadura, hermano de su madre, interpretada por Cecilia Roth, ve a un padre quemando la lana de las ovejas en medio de una noche lluviosa, otra escena a lo western, cuando le dice: “No tengas miedo Ernie, no estoy loco, algún día lo vas a entender”.

En ese momento, el padre se viene abajo, la pareja entra en crisis ante la aparición de un tercero (aunque este solo quede en el deseo de su compañera de vida), la multinacional se adueña del pueblo y hay que tomar la decisión de irse o quedarse. El padre elige quedarse, una vez más elige el auto exilio, pero ahora además lo hace de su propia familia para ver si por lo menos puede ganar una batalla antes del final, porque “cuando uno encuentra su lugar ya no puede irse”, aunque ese lugar sea un no-lugar, una utopía. Pero para esa altura el corazón del padre deja de luchar.
En nuestra historia familiar el que se llama Ernesto es mi hermano mayor. Un tío desaparecido, luego aparecido y exiliado a España. El alcohol como anestesia. Unos padres separados con la vuelta de la democracia por no soportar el dolor de los que ya no estaban. La muerte de mi padre, tras su último invierno a mediados de los noventa, cuando Menem iba por la reelección y yo recién arrancaba la secundaria, como le sucede al joven protagonista. Casualmente vi Un lugar con mi padre cuando salió en vhs mientras yo cursaba mi último año de la primaria.
Posiblemente el chiste del borracho yendo a La Puerta del Sol en nochevieja, luego de que en Madrid se coman las uvas y pregunte dónde está… En qué país está, condense magistralmente la personalidad de ese padre fuera de serie, borracho, sí, pero como dice su nuevo amigo, “aunque esté vencido, nunca perderá su dignidad”. Quizás por eso sabe cuándo retirarse de la contienda de la vida.
Con la muerte de Aristarain estamos ante la muerte del último padre que le quedaba a nuestro cine argentino. Un referente inigualable, “un fronteras”, que tampoco perdió nunca su dignidad ni su mano para el cine, un director al que nunca olvidaremos y que nos deja como legado un puñado de grandes obras y ésta, mi película favorita de todos los tiempos, porque nuestro lugar son tus películas. Adiós Adolfo, gracias por tanto.
