
La pregunta que importa no es de quién son las Malvinas. Es de quién no-son. Ahí no hay matices: no deben seguir siendo un enclave colonial británico en el Atlántico Sur, una base de vigilancia de la OTAN sobre el pasaje bioceánico, una pieza del dispositivo del Norte global en el Sur americano.
El nacionalismo, en su positividad, nos distrae. El antiimperialismo, en cambio, nos da una negatividad productiva: la enemistad con el Reino Unido, la OTAN, Israel, y todos los saqueadores genocidas hijos de puta que caminan la Tierra (también este pedazo de tierra que hoy conocemos como “Argentina”). El nacionalismo y el soberanismo viven, pero tienen poco para ofrecerle a una estrategia de izquierda en este siglo. No se trata de ser lo que ya somos, no se trata de ser argentinxs. Se trata de algo infinitamente más importante: de no ser ingleses. De no ser de la OTAN y de no ser, tampoco, los forros telúricos de la flota que patrulla el Atlántico Sur.
Nuestra querida, reafirmada, y mundializada consigna “las Malvinas son argentinas” tiene un problema de alcance: le habla a un país. Y contra la OTAN no alcanza un país. Por eso el kirchnerismo intentó estirarla: “argentinas y latinoamericanas”. Buena e insuficiente idea: “latinoamericanas” suena a adhesión, a solidaridad formal, a acompañamiento. El dueño (!) sigue siendo uno: los demás alientan. Llevemos la fórmula a su versión extrema. Si las Malvinas no son argentinas sino latinoamericanas, entonces pueden ser de cualquiera. Y si pueden ser de cualquiera, bien pueden ser paraguayas. No en forma de donación. No como un trámite a resolver después de echar a los colonialistas. Como la forma misma del reclamo. Acá, hoy, ahora. “Las Malvinas son paraguayas” no describe una situación futura: nombra una disputa presente y la corre de lugar. Le saca a Argentina la posesión del litigio y se lo devuelve a la región. Y una región entera, transversal y proletariamente engarzada, tiene muchas más formas de incomodar a una base extranjera que un Estado solo y averiado.

Paraguay no tiene mar. Nunca lo tuvo. Su territorio fue despedazado y su población diezmada en la Guerra de la Triple Infamia, carnicería en la cual Argentina tuvo un papel que no es visible en ningún mapa oficial. Fuimos/somos parte del despojo. Fuimos/somos parte del exterminio. Que la consigna que usamos para disputar el Atlántico Sur sea precisamente esa, la de un pueblo al que le fue negado el mar (y al que le propinamos daños aún mayores) no es un detalle ingenioso. Es una vindicación. Y es, sobre todo, una forma de decir que la pelea no es por un pedazo de tierra o por el diseño de mapas, sino por quién tiene derecho a estar en qué lugar de este mundo. Los peronistas podrán decir que es una provocación. Los progresistas, un exabrupto. Los nacionalistas, una traición. Los realistas, una ingenuidad. Todos tendrán razón, y ninguno habrá querido entender nada.
De eso se trata esta propuesta hoy inviable: de correr el eje de lo pensable y lo militable. De mover a las Malvinas del póster y politizarlas de un modo radical y potente. De dejar de preguntar de quién son para empezar a preguntar contra quiénes las queremos. Y así, tras su banco de neblinas, se oirá nuestro grito de combate: ¡Rovenséta térã romanóta!
