
Hace un año que leí Pensar después de Gaza de Franco “Bifo” Berardi.
Hace un año que quiero escribir este texto.
Hace un año no lo logro.
Finalmente, pude hacerlo en ¿diálogo? con DeepSeek, chatbot de código abierto más conocido como “la IA de los chinos”. La idea, el título y las tesis desarrolladas son míos, como también lo es esta versión final: utilicé “la IA” para ordenar y redactar borradores sucesivos.
La paradoja se cuenta sola: un artículo que se pregunta qué puede hacer la inteligencia artificial en la escuela y qué hace cuando se la pone al servicio del exterminio, está escrito junto con ella.
Después de Gaza, educar es también elegir con qué herramientas se transmite lo que se transmite. Últimamente, vengo eligiendo esta (entre otras). No estoy seguro de que sea la mejor decisión que puede tomar un ser humano; sí estoy seguro de que es la decisión de un ser humano.
Una noticia del pasado febrero pasó casi desapercibida: una investigación de Al Jazeera documentó la desaparición de casi 3.000 palestinos en Gaza desde octubre de 2023. No están muertos: están evaporados. El ejército israelí usó armas termobáricas y térmicas que alcanzan los 2.500 grados, capaces de pulverizar tejido humano. Los equipos de Defensa Civil clasifican a estas personas como “evaporadas” después de buscar en escombros, hospitales y morgues y no encontrar nada: ni un cuerpo, ni un hueso, ni una marca de ADN. Solo restos biológicos, salpicaduras de sangre. Una madre buscó a su hijo durante días en las ruinas de una escuela. No encontró nada. “Eso fue lo más duro”, dijo. “No tener ni un cuerpo para enterrar”.
¿Por qué importa Gaza? ¿Por ser el primer genocidio del siglo XXI? ¿Por que Israel utiliza la espectacularización de sus masacres como publicidad global de su industria armamentística? ¿Por aquello que plantea Maurizio Lazzarato acerca de que el proletariado contemporáneo debe incorporar como elemento central de su estrategia “el no ser masacrados”?

El panorama es absolutamente desolador, y sobran los conceptos para analizarlo. El proceso genocida en curso nos revela el profundo error en el que muchos hemos persistido durante años: la inviabilidad definitiva de la estúpida “solución de dos Estados”, perfecto ejemplo de una “realpolitik” que se evidencia como lo que siempre fue, pura “ilusionspolitik” ante la realidad de un régimen de ocupación y exterminio impune y permanente.
Desde hace décadas la revolución palestina devino resistencia palestina, indicándonos nítidamente los límites para todo un marco histórico de acción política y humanitaria. A la destrucción de hospitales por parte del sionismo se le suma la de las escuelas, en lo que debemos estudiar como una auténtica guerra contra nuestra reproducción social.
Según un informe de la ONU, Israel ha destruido más del 90 por ciento de los edificios escolares y universitarios de Gaza. Más de 658.000 niños llevan meses sin clases. No es un daño colateral: es una campaña deliberada para hacer imposible la educación de una generación entera. Los soldados israelíes graban videos burlándose de los palestinos antes de volar sus escuelas. Lo que se destruye no es solo un edificio: es la posibilidad misma de que un pueblo se proyecte hacia el futuro. Y en ese pueblo quizás cabe el mundo entero.

Soy docente. Doy clases en un país que por ahora no está en guerra, en un aula donde no parece viable que nadie vaya a ser evaporado por una bomba termobárica. Sin embargo, desde hace meses me pregunto qué estamos haciendo: ¿Para qué educar? ¿Para qué enseñar a leer, a pensar, a argumentar?
La pedagogía precarizante y posmoderna tiene una respuesta lista. Dice que el estudiante (así, en un nada inocente singular) debe estar en el centro. Que hay que partir de (para concluir redundantemente en) sus intereses, sus saberes previos, su experiencia vital. Suena bien. También, después de Gaza, suena a rendición humillante. ¿Solo importa el interés (muchas veces, mercantilmente diseñado) del estudiante? ¿No vamos a construir diálogo desde perspectivas adultas? ¿No tenemos nada que decirles sobre lo que está pasando, sobre lo que viene, sobre lo que habrá que hacer? ¿Sobre lo que habría que hacer? ¿Qué es un adulto, en este contexto? ¿Alguien que ya no tiene nada que transmitir porque todo “se aprende solo”, en YouTube, con un tutorial, con un prompt?
Además está “la IA”, en pleno auge del solucionismo tecnológico-educativo. La promesa de que la inteligencia artificial personalizará el aprendizaje (¿hasta dónde se pueden y deben “personalizar” los derechos sociales?), liberará al docente de tareas repetitivas (¿o lo cargará de ellas, y de responsabilidades que nos exceden?), democratizará el acceso al conocimiento (¿no lo privatizará monopólicamente?). Más preguntas: ¿Podemos emparentar las IA que en muchos casos se usan para responder y/o corregir exámenes con las que se usan para seleccionar objetivos en Gaza, para procesar imágenes satelitales, para automatizar el cálculo de daños “colaterales”? La opacidad de ciertas tecnologías puesta al servicio del exterminio (físico y/o cognitivo) de poblaciones enteras no es un fantasma del futuro: es el puro presente terrorífico-terrorista.

En Argentina, la mayoría de los docentes usamos IA generativa para nuestro trabajo, con una formación institucional escasa y mala (y me atrevo a aventurar, con nulo criterio político) mientras los salarios reales cayeron hasta un 35 por ciento en los últimos años. “La IA” no llega a la escuela como herramienta pedagógica, sino como parche colonial de un sistema desfinanciado y sobreexigido.
Las conclusiones de Bifo Berardi en Pensar después de Gaza son demoledoras. No habrá retorno a la democracia (sea lo que sea que eso pueda significar), ni fin de las guerras, ni límite a la expansión de la deshumanidad. La humanidad, como proyecto, es imposible después de Gaza. Este “Auschwitz con cámaras” es el fin de la Historia. Cabe preguntarse: ¿por qué después de Gaza y no después del nazismo, o de Hiroshima? ¿Por qué no después de las masacres de magrebíes perpetradas por libertadores franceses? ¿O de los genocidas argentinos secuestrando bebés? ¿Por qué la humanidad era un proyecto viable en 1945 (o en 1983, si cabe) y no en 2026? ¿Por qué suponer que la tensión entre guerra y política, o entre la muerte y la palabra (que no son la misma tensión), están ya resueltas para siempre de la peor forma?
Quizás haya que repensar el enfoque berardiano, con toda su carga de indiscutible verdad. Quizás no se trate de abandonar la humanidad como proyecto, sino de redefinir cómo se la compone y cómo se la integra, desde dónde se la piensa, y fundamentalmente: contra quién se la defiende. Bifo habla de desertar. De huir de la Historia, del capitalismo, de la política, de la humanidad agonizante. Pero desertar, para un docente argentino, como para cualquier trabajador en un país periférico, no es una opción: es una posibilidad que simplemente no tenemos. La única deserción que podemos pensar es una deserción paradójica, oximorónica tal vez: una “deserción hacia adentro”. La “deserción hacia adentro” no es escape (o no está hecha sólo de escape): es ir a la raíz, hundirse en la materia, el territorio, la escuela, el barrio, y desde ahí construir otra cosa.

Una apuesta por sobrevivir más allá del “último occidental” que nos dibuja Bifo, con contornos decrépitos y repugnantes. ¿Somos occidentales los americanos del Sur? ¿Somos parte de esa “última Modernidad” que se desintegra, o estamos en otra cosa, en un lugar incómodo, en una frontera? ¿Seremos tal vez los modernos que salten de la nave de la Modernidad en el último minuto, justo antes de que se estrelle? Lo que queda, si algo queda, debería ser el intento por construir un universalismo anticolonial. Solía llamárselo internacionalismo. No el globalismo de las grandes potencias ni el de ningún cosmopolitismo progre, sino uno más modesto y más terco: el de los que se reconocen en la masacre y se organizan para que no se extienda. Contra la crueldad fascista-sionista y lejos de las deprimentes lógicas identitarias de la virgósfera punzó. Contra la idea de que cada pueblo se salva solo.
Educar después de Gaza no puede ser seguir dando clase como si nada hubiera pasado. No puede ser refugiarse en el currículo, en la rutina, en las falsas certezas. Pero tampoco puede ser convertir cada clase en un mitin, en un duelo, en una catarsis. La pregunta es qué transmitir, para qué. Y sobre todo: cómo.
La respuesta no está en los libros de pedagogía, y mucho menos lo está en los abstrusos insumos ministeriales que proliferan como la peste e intoxican como la mierda que son. La respuesta (las respuestas) están en la calle. En los pasillos. En la mirada de nuestros estudiantes. En sus palabras y silencios, en sus astucias, en sus fuerzas. Todas tan insuficientes, todas tan necesarias para alimentar nuestra potencia sensible.
Porque para educar después de Gaza, no alcanzará con educar.
