Malestar, incertidumbre y vida en la cuerda floja
Hay épocas en las que una expresión consigue condensar el clima de una sociedad. «Todo roto» es una de ellas. Lejos de una consigna, funciona como una clave para pensar un presente donde el deterioro ya no se expresa únicamente en los indicadores económicos, sino también en el progresivo debilitamiento de los vínculos, las instituciones y las formas colectivas de cuidado. A partir de datos y testimonios de trabajadores de la salud, esta nota propone una aproximación al malestar, la incertidumbre y la fragilidad que atraviesan la Argentina actual.

Hace un par de meses, cuando nos juntamos con el consejo editorial de Brújula, apareció una idea que fuimos tomando como compromiso: escribir sobre el estado de situación social desde esa percepción difusa pero persistente de que está “todo roto”. No como consigna vacía, sino como una forma de mirar y entender lo que está pasando. Esa percepción aparece en escenas cada vez más habituales: amistades que pierden el trabajo, personas que empiezan a endeudarse para pagar el alquiler, vidas sostenidas con una fragilidad que empieza a ser cotidiana.
En hospitales públicos se intensifican escenas que muestran hasta qué punto el deterioro social empieza a atravesar de lleno la vida cotidiana: familias que piden quedarse internadas porque afuera no tienen dónde comer, pacientes que suspenden controles médicos importantes porque no pueden pagar el viaje en colectivo, guardias donde ya hay más internaciones por intentos de suicidio que por accidentes viales.
Desde otros lugares empezaron a aparecer lecturas similares. Una nota reciente de Panamá Revista , por ejemplo, también intentaba ponerle palabras a ese clima de desgaste y fragilidad persistente con la idea de “todo roto”.
La densidad del malestar
Los números, por sí solos, no explican nada, pero ayudan a ponerle densidad a lo que se percibe. En los últimos meses, distintas mediciones muestran un aumento sostenido del malestar social. Un informe reciente señala que el 46% de los argentinos siente que su situación personal empeoró (según datos relevados por iProfesional). No es solo una percepción económica: se entrelaza con el ánimo, con la expectativa, con la capacidad de proyectar.
Otra investigación reciente de la consultora Sentimientos Públicos muestra hasta qué punto el malestar empieza a organizar la experiencia cotidiana. El 45% de los encuestados afirmó haber tenido que achicar gastos vinculados al disfrute personal y un 40% dijo haberse endeudado durante el último año. En ese mismo relevamiento, “empecé medicación para la salud mental” apareció como una de las respuestas más elegidas frente a la pregunta por las experiencias que marcaron el último año.

Y en el mundo del trabajo, los datos también son elocuentes: casi la mitad de los trabajadores afirma haber tenido al menos un diagnóstico vinculado a la salud mental (Infobae, septiembre 2025). No se trata de casos aislados, sino de algo que se volvió estructural. Incluso empiezan a aparecer estudios que vinculan nuevas formas de vida — como el uso intensivo de tecnologías — con mayores niveles de angustia: una investigación de la UBA advierte sobre el aumento de la ansiedad y los trastornos del sueño en relación con estos hábitos (Chequeado, abril 2026).
Frente a este escenario, algunas lecturas empiezan a pensar el malestar no sólo como efecto de una crisis económica o social, sino también como parte de una transformación más profunda de las formas de organizar la vida colectiva. La politóloga Verónica Gago propone leer el presente en términos de una “política de la crueldad”: un clima donde la violencia, la precariedad y el desgaste dejan de aparecer como excepciones y empiezan a naturalizarse en la vida cotidiana, al mismo tiempo que se debilitan las mediaciones colectivas capaces de amortiguar sus efectos. En esa clave, el deterioro ya no se percibe únicamente como consecuencia de una coyuntura crítica, sino también como parte de un orden social donde cada vez más problemas quedan librados a resoluciones individuales.
Ahora bien, si uno se queda solo en los datos o en la teoría, corre el riesgo de que el sufrimiento no sea dimensionado y se vuelva apenas una cifra. Por eso esta nota busca cruzar esa información con lo que dicen quienes todos los días trabajan acompañando a otrxs.
“Lo que estamos viendo en las familias de los pacientes que se atienden en el hospital es que hay muchas más necesidades desde lo social, no solo lo económico, y que avisen que no pueden venir a un turno incluso turnos importantes por ejemplo de un paciente con cardiopatía congénita el control con el cardiólogo porque no tienen para el viaje en bondi, o muchas más situaciones de violencia, consumo, problemas habitacionales, etc. Obviamente esto nos afecta mucho, ya que no solo es la condición de salud de ese niño o niña que debe ser abordada, sino que están en contextos cada vez más desfavorables y que sino los logramos abordar es muy difícil que las estrategias o tratamientos para abordarlos puedan funcionar”, cuenta una médica pediatra del Sector de Condiciones Complejas Hospital Garrahan.
Cada vez más cerca del abismo
Lo que aparece no es solamente un deterioro económico. Empiezan a correrse también los umbrales mínimos desde los cuales una vida puede sostener cierta estabilidad cotidiana: trasladarse, comer, descansar, llegar a un tratamiento, imaginar continuidad.
“Claramente hay un aumento de la de la demanda en la atención de la urgencia y de la intensidad en esa atención, esa demanda se vuelve como mucho más hostil y compleja de poder abordarla, porque viene como muy desarmada, y en un momento de en una situación de crisis, como muy compleja, muy vulnerable. Que tiene que ver claramente con menos posibilidades de acompañamiento previos…el último tiempo, las mediaciones que había entre la posibilidad de la vida y de la no vida son cada vez más cortas. Es como como difícil la atención o sea la crisis en sí, pero también el después el momento de armado de algo que sostenga esa vida por fuera de una institución”, nos dice una Trabajadora Social del Servicio de Guardia de un hospital público de la Provincia de Buenos Aires.

La frase impacta porque nombra algo que aparece repetidamente en distintos relatos: el acortamiento de las mediaciones capaces de sostener una vida antes de que la crisis se vuelva irreversible. Como si entre el sufrimiento y el abismo hubiera cada vez menos instancias capaces de amortiguar la caída.
En paralelo, empiezan a aparecer indicadores más extremos de ese deterioro. Durante 2025 se registraron más de 11.000 intentos de suicidio en el país, según datos difundidos por Tiempo Argentino. La tendencia, lejos de desacelerarse, continúa agravándose: de acuerdo con datos publicados en el Boletín Epidemiológico Nacional, los suicidios crecieron más de un 50% durante el primer cuatrimestre de 2026. En distintos hospitales, los equipos de guardia empiezan a registrar que las crisis subjetivas graves, los intentos de suicidio y las situaciones de autoagresividad dejan de aparecer como episodios excepcionales para ocupar un lugar cada vez más central dentro de la atención cotidiana.
“Lo que más estamos viendo son intentos de suicidio (sobreingesta medicamentosa, ahorcamiento) en segundo lugar episodios de auto/heteroagresividad con agitación psicomotriz la mayoría de las veces en contextos de consumo, que solo cede con contención física y con medicación. Actualmente en la guardia general del hospital hay más internaciones por personas que toman la determinación de quitarse la vida que por causas externas como puede ser accidentes viales o heridos. Esto es absolutamente novedoso en el hospital. Y complejo porque las internaciones por salud mental no tienen los mismos criterios que las internaciones por otras patologías, la cama de internación de salud mental no tiene las mismas lógicas de ocupación que las camas destinadas a otras patologías. Esto implica una formación y una transformación de la guardia y del personal que no llega a alcanzar la magnitud y la necesidad de las demandas”, nos relata una psicóloga de Guardia un hospital público del Conurbano Bonaerense.
El malestar empieza a exceder ampliamente cualquier indicador económico puntual. El relevamiento ya mencionado de la consultora Sentimientos Públicos señala que apenas un 8% de los encuestados siente que su vida “va en buen rumbo”.
“Actualmente tenemos situaciones donde tanto el internado como su familia nos piden quedarse en el hospital para poder comer, para estar en un ambiente menos hostil con menos violencia. Notamos que las determinaciones sociales están teniendo una incidencia muy fuerte en la producción de padecimientos y no se trata de algo que pueda explicarse ya por la psicopatología. Cada vez tenemos cuadros más graves, con menos recursos psíquicos, simbólicos, económicos, sociales. Más combinación de causas y sufrimientos, más deterioro. Más historias de vida sumamente traumáticas”, relata una psicóloga de un hospital público de la Ciudad de Buenos Aires.
¿Qué pasa cuando no hay a dónde volver? ¿Qué pasa cuando los espacios que antes funcionaban como contención — familia, trabajo, comunidad — están debilitados o directamente rotos? Algo hizo track, track, track…
Sin techo, sin cama, sin nada
En la Ciudad de Buenos Aires, el crecimiento de personas en situación de calle es otro síntoma visible de ese deterioro más amplio. No se trata únicamente de un problema habitacional. Es la expresión más extrema de un proceso de expulsión: gente que pierde no solo el techo, sino también las redes, los vínculos, los marcos de sostén. La población en situación de calle aumentó un 57% en dos años según datos oficiales, y casi un 28% en un solo año (2025), de acuerdo a relevamientos difundidos en medios como El País.
“La gente llega a la guardia cada vez más sola con menos apoyos o con menos redes que sostienen a esas personas por fuera más allá de los instituciones y con una gran demanda que recae sobre los equipos en función de poder resolver esas situaciones que son complejas y que claramente no podemos resolverlo desde un solo lugar. Además los contextos territoriales y comunitarios, al menos de los barrios que nos toca trabajar, no funcionan ya como territorios de cuidados, sino más bien todo lo contrario porque han ido ganando, a lo largo de estos últimos años, otras lógicas dentro de esos territorios, que son lógicas de exclusión, que son lógicas hostiles, de violencia que impactan claramente en cómo las personas viven y cómo se relacionan dentro de esos territorios”, cuenta una Enfermera y una Psiquiatra del Servicio de Guardia de un hospital público de la Provincia de Buenos Aires.

En ese contexto, las guardias y los espacios de internación empiezan a recibir problemáticas que exceden ampliamente lo estrictamente clínico. El hospital aparece cada vez más atravesado por demandas sociales, habitacionales y afectivas que antes encontraban algún tipo de contención en otros ámbitos.
Las instituciones que todavía intentan producir cuidado aparecen cada vez más absorbidas por la urgencia. La sobrecarga no sólo impacta en la atención cotidiana: también erosiona la posibilidad de pensar, investigar, sistematizar experiencias o construir lecturas colectivas sobre lo que está ocurriendo. Como si el propio ritmo de la crisis impidiera tomar distancia para comprenderla. Sumado a condiciones materiales muy concretas: trabajos más inestables, jornadas fragmentadas, pluriempleo, endeudamiento cotidiano, pérdida de espacios comunitarios, deterioro de instituciones barriales y menos tiempo disponible para sostener vínculos o proyectos colectivos.
“Ser testigos de niveles de desesperación tan sufrientes y tener la sensación constante de que nada alcanza también nos impacta y afecta a lxs trabajadorxs. No trabajamos desde afuera del lazo social: quienes trabajamos en salud estamos inmersos en las mismas condiciones históricas que producen esos sufrimientos. La aceleración de los padecimientos y de las demandas de cuidado no vino acompañada por transformaciones materiales ni institucionales capaces de sostenerla. La urgencia cotidiana muchas veces impide incluso generar espacios de intercambio, pensamiento o sistematización de lo que está ocurriendo. Todo esto va deteriorando también las condiciones de trabajo y de cuidado dentro de los hospitales”, cuenta una psicóloga de un hospital público de la Provincia de Buenos Aires.

Pero el deterioro no aparece solamente en el aumento de las demandas o en la sobrecarga de los equipos. También se expresa en el debilitamiento político y simbólico de las instituciones públicas de cuidado. En varios testimonios aparece una misma sensación: la de trabajar intentando sostener situaciones cada vez más complejas mientras se deslegitima socialmente aquello colectivo que todavía funciona como espacio de contención.
“En nuestra situación en particular, después de toda la lucha que llevamos a cabo en 2024 y 2025, ahí habíamos logrado cierto recupero del poder adquisitivo que habíamos ido perdiendo desde que había asumido este gobierno. Sin embargo el maltrato, la humillación y que se nos trate de ñoquis y que no hacemos nuestro trabajo fue difícil. Creo que en el último tiempo creció mucho la sensación de estar luchando por los pacientes pero sabiendo que al Ministerio de Salud y al Gobierno Nacional principalmente no le importa lo que hacemos porque no le importa lo colectivo”, cuenta una médica pediatra del Hospital Garrahan.
Tal vez el problema no sea solamente que “todo está roto”, sino qué tipo de vínculos, instituciones y formas de vida quedaron debilitadas en los últimos años. Cuando la escuela, el trabajo, el barrio o incluso la familia pierden capacidad de organizar experiencias comunes, cada vez más personas quedan solas frente a problemas que se vuelven imposibles de tramitar individualmente.
En muchos de los relatos que atraviesan esta nota aparece la misma escena: hospitales funcionando como lugares de refugio más allá de lo sanitario, equipos de salud intentando sostener situaciones que exceden ampliamente cualquier diagnóstico clínico, trabajadores agotados tratando de reemplazar — aunque sea momentáneamente — redes sociales que ya no están.
El riesgo no es solamente el aumento del sufrimiento. También lo es que la precariedad, la violencia y la incertidumbre dejen de vivirse como excepción y empiecen a organizar la vida cotidiana. Porque cuando el deterioro se vuelve persistente ya no funciona únicamente como consecuencia de una crisis: empieza también a producir determinadas formas de relación social, subjetividades más aisladas, vínculos más frágiles y vidas cada vez más libradas a resoluciones individuales.
Tal vez ahí radique una de las dimensiones más profundas del presente: no sólo en el avance de la exclusión, sino en la consolidación de un orden social que necesita de esa fragmentación, de esa competencia permanente y del debilitamiento de los espacios colectivos capaces de organizar experiencias comunes, producir cuidado o disputar otras formas de vida.
