
El docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y director del Laboratorio de Estudios Sociales y Culturales (LESyC), Esteban Rodríguez Alzueta, analiza el clima social de época atravesado por el malestar, la fragmentación y las violencias cotidianas. En diálogo con Brújula, reflexiona sobre la soledad, el consumo, el odio social y el deterioro de los vínculos comunitarios. El aumento de los problemas de salud mental, las dificultades para sostener proyectos de vida, el crecimiento de las violencias cotidianas y el deterioro de los vínculos comunitarios forman parte de un escenario que distintos actores sociales vienen señalando desde hace tiempo. En los barrios, en las guardias hospitalarias, en las escuelas y en los espacios comunitarios aparece una misma escena: personas cada vez más solas frente a problemas cada vez más complejos. En ese contexto, Brújula conversó con Esteban Rodríguez Alzueta — docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes, director del LESyC y autor de Desarmar al pibe chorro y Vecinocracia — sobre las transformaciones del malestar social, la cultura del consumo, las violencias vecinales y los desafíos de reconstruir comunidad en una época atravesada por la incertidumbre y la fragmentación.
Hay varios informes que hablan del malestar y de la “persistencia del pesimismo social” (ansiedad, irritabilidad, incertidumbre, dificultad para proyectar). ¿Percibís un cambio en el clima social en los últimos años? ¿Cómo lo leerías?
El estado de ánimo ocupa cada vez más espacio en la atención pública, sea la política o la periodística. Cuando los consensos sociales no son racionales sino químicos o emotivos, entonces, lo que la gente siente se vuelve central. Las emociones suben y bajan, hay momentos donde la gente está muy arriba, tomada por la irritación y la alegría de odiar, y otras veces está muy pinchada, tomada por el desánimo y la tristeza. Por eso los consensos emotivos son, además, muy volubles. Una de las causas de esa volubilidad es la soledad.

La gente está cada vez más sola frente a los problemas con los que se mide. Los partidos políticos y los movimientos sociales tienen muchas dificultades para conectar con la gente, y cuando los representantes no pueden representar, cuando los ciudadanos no se sienten escuchados y hablados por sus representantes tienden a tramitar sus problemas con pasiones bajas. Algunos se la pasan indignados frente a la TV e invierten mucho tiempo en la conversación callejera o en las redes sociales despotricando solitariamente, otros se encierran en su casa a mirar series de Netflix, y hay otros le dan de comer todos los días un poco al odio, que no solo lo guardan en el tiempo, sino que invierten mucho tiempo en odiar porque saben que el día de mañana, para pasar a la acción, para pegar con ganas, para linchar sin culpa, necesitarán movilizar toda esa energía emotiva negativa.
En una entrevista reciente que realízate para la Revista Acción Cooperativa hablas que las violencias cotidianas no pueden separarse de la desigualdad, pero tampoco de una cultura donde el consumo y la ostentación se vuelven permanentes. ¿Qué efectos produce vivir en una sociedad donde cada vez más personas sienten que no llegan, mientras al mismo tiempo están expuestas constantemente a modelos de éxito y disfrute casi inalcanzables?
En las sociedades de consumo, vertebradas alrededor del Mercado, la experiencia de la desigualdad social ha ido transformándose. La gente ya no se compara con el tipo que vive enfrente sino con el que tiene al lado. En los 90 del siglo pasado, por ejemplo, el tipo que vivía en una villa o en un monoblock se comparaba con el tipo que vivía en un countrie, y eso generaba rabia, se vivía con injusticia, y esas injusticias eran tramitadas por los partidos o los movimientos sociales. De hecho, cuando hablamos de desigualdad social estamos hablando de los contrastes sociales abruptos en los grandes conglomerados urbanos. Y esto era así, porque al interior de cada barrio popular la gente tenía costumbres en común, ganaba más o menos lo mismo.
Hoy esos contrastes se dan al interior de cada barrio. La gente no se compara con el tipo que vive en frente sino con su compañero de banco de la escuela, con el hijo del vecino, con el amigo con el que para en la junta de la esquina todas las tardes.
Y si mi compañero de escuela tiene el celular ultima generación… ¿por qué yo no puedo también tenerlo? Si mi vecino tiene las zapatillas de moda, ¿por qué no puedo tener unas iguales? Si mi amigo llega a la esquina con una motito tuneada, ¡yo también quiero tener una igual! ¿Se entiende? El problema es que los pibes están solos, cada vez más sueltos y solos, de modo que la manera de tramitar esas desigualdades que se multiplican y llegan de todos lados es a través de la envidia, el resentimiento, el odio. El mercado puso a los pibes a compararse constantemente entre sí, y las comparaciones pueden ser odiosas. Por eso nos preguntamos: ¿Cuánto de los delitos callejeros protagonizado por los jóvenes estará vinculado a las presiones que el mercado ejerce sobre estos jóvenes para que asocien sus estilos de vida a determinadas pautas de consumo? Porque los pibes están solos frente al Mercado, ya no es una relación mediada por la familia, por la escuela, o la política. La familia no puede desalentar a los pibes, la escuela no puede proponerle otros insumos morales, y la política está en otro planeta.
Muchas personas que trabajan en salud mental o en espacios comunitarios cuentan que aparecen cada vez más situaciones vinculadas al agotamiento, la angustia o el consumo problemático. ¿Cómo pensás que se relacionan esos malestares con las transformaciones sociales y económicas actuales?
Es que la cultura del consumo, las desigualdades sociales e individuales, la fragmentación social, la compartimentación territorial y la impotencia instituyente de las agencias del Estado, pueden generar muchas cosas. A veces puede llevar a los pibes a derivar hacia el delito y las violencias, y otras veces los encierra en sus casas, en sus cuartos, en el subsuelo de la galaxia de Internet. Por eso siempre digo que hay que pensar la cultura de la dureza al lado de la cultura de la fragilidad. A veces, esos pibes que se van quedando solos invierten muchas energías para componer una identidad que les permita transformar los estigmas en emblemas, y otras veces, sencillamente no tienen esas fuerzas y se repliegan.

Por eso, en los últimos años, vemos que a las consultas de los centros de salud están llegando pibes con depresiones, y por eso vemos también que los suicidios y tentativas de suicidios son cada vez más habituales entre los más jóvenes. Son pibes silenciosos que no encuentran las palabras para contar y hacer frente a sus problemas.
A veces las violencias más visibles — robos, agresiones, estallidos — terminan ocupando todo el debate público. ¿Qué otras formas de violencia o deterioro social te parece que están creciendo hoy, aunque tengan menos visibilidad?
Las violencias vecinales: cada vez son más los videos que circulan por las redes sociales donde vemos a vecinos tomando los problemas con sus propias manos a través de linchamientos o tentativas de linchamientos, quemando o destruyendo intencionadamente viviendas para después echar a una familia del barrio. Se trata de formas de acción colectiva, disruptivas y punitivas, a través de las cuales esos vecinos buscan reponer los umbrales de tolerancia. Quiero decir, no solo son la expresión del odio acumulado, sino la expresión de la ausencia o la incapacidad del Estado para tramitar la conflictividad social. Si la policía no te da pelota, no te toma la denuncia, mira para otro lado o no acude cada vez que llamas al 911, si los vecinos no pueden acceder a la justicia, y los pibes entran y salen todo el tiempo de la comisaría, entonces los vecinos, cada vez más odiados, más impacientes, están dispuestos a pasar a la acción.
La pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿Tienen estas estrategias securitarias vecinales la capacidad de agregarle certidumbre a la vida cotidiana o por el contrario contribuyen a fragilizar aún más los vínculos en la comunidad?
Además, son eventos que tienen como objeto a los más jóvenes, en cambio, los actores más grandes, que se dedican a la comercialización de drogas, no tienden a correr la misma suerte. De modo que me parece que estos pibitos se transforman en el chivo expiatorio de la conflictividad social. Pero hay a otras transgresiones menores que emputecen la tranquilidad del barrio (las juntas de pibes, las peleas, las motitos) y otros ilegalismos (la comercialización ostentosa de drogas) que están en el radar de los vecinos, pero que no saben cómo abordarlas. Por eso se ensañan con los actores más vulnerables que sieguen siendo los pibitos que roban al boleo en el barrio.
En un contexto atravesado por la fragmentación y la incertidumbre, ¿dónde ves hoy experiencias capaces de reconstruir comunidad o generar formas de cuidado colectivo? ¿Qué espacios te parece que todavía logran producir algo de sostén social?
Los barrios plebeyos no se caracterizan por la desertificación institucional, aunque es cierto que hay muchos asentamientos -sobre todos aquellos que se crearon en los últimos quince años, que son muchos- que carecen de infraestructura comunitaria. Vemos que hay organizaciones sociales y religiosas, comedores, salitas, escuelas, y clubes. El problema es que aquellas instituciones tienen muchas dificultades para estar cerca de los más pibes, para abrirles campos de experiencia y proponerles otros insumos morales para que compongan su identidad. No creo que la Escuela, cada vez más implosionada, sea un lugar atractivo para los pibes. Me parece que a la Escuela hay que dejarla que haga su tarea y sacarle todas las otras que se le han ido sumando en las ultimas décadas. Pero para eso hay que rodearla con otras instituciones que el Estado tiene que robustecer y vigorizar, no solo con presupuestos y recursos humanos, sino planificando actividades que propicien la articulación y trabajo conjunto.
