La psicóloga e investigadora Claudia Bang analiza cómo la precarización, el aislamiento y el debilitamiento de los vínculos impactan en la salud mental. Desde una perspectiva comunitaria, sostiene que las redes colectivas siguen siendo fundamentales para enfrentar el sufrimiento social contemporáneo.

“La soledad social precariza las estrategias individuales y colectivas que tenemos para tramitar el malestar”, señala Claudia Bang. En un contexto atravesado por la incertidumbre, el desgaste y la fragmentación social, la especialista advierte sobre los efectos subjetivos de la precarización de la vida, el avance de la lógica de mercado sobre los vínculos y la transformación acelerada de las formas de relacionarse.
Desde una mirada de salud mental comunitaria, Bang propone pensar los padecimientos actuales no como problemas meramente individuales sino como expresiones de un malestar social más amplio, ligado a las condiciones materiales de existencia y al debilitamiento de las redes colectivas. Pero también pone el foco en las experiencias territoriales, culturales y comunitarias que, incluso en escenarios adversos, siguen produciendo cuidado, organización y formas de resistencia frente al sufrimiento social.
Desde tu perspectiva en salud mental comunitaria, ¿cómo leés este clima social actual? ¿Qué tipo de padecimientos o malestares observás con más frecuencia hoy?
Me parece que el clima social actual es un clima de complejidad creciente, donde múltiples factores inciden en la labilización de los lazos sociales, la fragilización de las redes de contención comunitaria y el resquebrajamiento de lo colectivo. Hay una lógica de mercado cada vez más introducida en la forma de relacionarnos con otros/as y con la vida cotidiana: la mercantilización incluso de los vínculos, pensar al otro como un objeto, el ofrecimiento permanente de productos que prometen satisfacer de manera instantánea necesidades, deseos o problemáticas.
Al mismo tiempo, esa lógica violenta a quienes no pueden acceder al consumo y al mercado. Es una dinámica que precariza crecientemente las condiciones de vida y vulnera sistemáticamente derechos. Se introduce una mirada de crueldad hacia el otro como forma de legitimación social. Eso complejiza muchísimo las formas de organización social y también impacta sobre la salud mental.

Estamos además en un momento de transformación muy acelerada de lo vincular. La virtualización de los vínculos y la lógica de las redes sociales virtuales se introdujeron con mucha velocidad, sobre todo después de la pandemia, modificando las formas en que generamos, sostenemos y organizamos los vínculos, que son el sostén principal de nuestra salud mental.
Hoy nos encontramos en un mundo de vínculos híbridos, donde lo corporal ya no siempre media de forma presencial en las relaciones. Esa transformación, sumada a la precarización de las condiciones de existencia, genera una sensación de vertiginosidad padeciente, que aparece como un clima de época general.
¿Qué aporta una mirada comunitaria para pensar malestares que parecen cada vez más ligados a condiciones sociales, económicas y vinculares más amplias?
Desde una perspectiva comunitaria entendemos que muchos de los padecimientos actuales no pueden leerse únicamente como problemas individuales.
La salud mental comunitaria está sostenida en los vínculos, tiene que ver con las redes de sostén y con las condiciones materiales y simbólicas de la vida cotidiana.
Por eso entendemos que la participación social y comunitaria es promotora de salud mental. Definimos la producción de salud y salud mental como el fortalecimiento de una capacidad colectiva para lidiar con los condicionantes de la salud y de la vida. Eso implica ubicar la importancia de generar, sostener y fortalecer tramas de cuidado comunitario, sobre todo en un contexto donde esas redes están siendo fragilizadas.
Y aquí la colectivización del padecimiento tiene un efecto muy importante. Sentir que lo que nos pasa no es solamente un problema individual sino algo que se transita colectivamente ya produce alivio. Y además, permite construir respuestas colectivas para resistir, afrontar y transformar esas situaciones.

En los territorios las formas de organización social siguen existiendo, más allá de lo institucional. Incluso cuando el Estado se retira o transforma sus políticas sociales, las organizaciones comunitarias y sociales históricamente vuelven a asumir roles centrales de cuidado, acompañamiento y sostén. Por eso, para quienes trabajamos en salud mental comunitaria, es clave articular con esos actores territoriales.
En contextos de precarización y fragmentación social, ¿qué efectos produce el debilitamiento de los espacios colectivos sobre la subjetividad y los modos de transitar el sufrimiento?
Nosotrxs trabajamos mucho la idea de que el debilitamiento de los espacios colectivos es productor en sí mismo de sufrimiento subjetivo. El aislamiento social aparece hoy también como una forma de subjetividad de época: subjetividades aisladas, individuales, solas.
Pasar por situaciones adversas o de crisis de manera individual y pasiva tiene un efecto patologizante mucho mayor que transitarlas de forma activa y entramadas en redes comunitarias. La soledad social precariza las estrategias individuales y colectivas que tenemos para poder tramitar el malestar.
Por eso entendemos que las redes comunitarias y las formas de participación colectiva son fundamentales.
La salud mental en los territorios se da en la vida cotidiana de las personas: en cómo se conforman los vínculos, quiénes son los referentes comunitarios, qué formas de participación existen y qué capacidad colectiva tiene una comunidad para enfrentar los avatares de la vida.
Hoy la precarización de las condiciones de existencia aumenta significativamente el padecimiento subjetivo, y eso vuelve todavía más importante fortalecer esas redes.
¿Percibís transformaciones en las maneras en que hoy se manifiesta o se tramita el malestar?
Estamos atravesando transformaciones muy profundas en las formas de vincularnos, organizarnos y tramitar el sufrimiento. La virtualización de la vida social modificó mucho las maneras de sostener lazos, tomar decisiones colectivas y construir pertenencia.
Aparecen formas de subjetividad más aisladas, más individualizadas, donde muchas veces el padecimiento se vive en soledad. Y al mismo tiempo existe una sensación de aceleración y de incertidumbre permanente que atraviesa la experiencia cotidiana.

También vemos que las formas de organización social están mutando. Hay nuevas formas de enlazarse, de construir redes y de generar sostén, muchas veces más híbridas, más fragmentadas o menos ligadas exclusivamente al territorio físico. Estamos en un momento de transformación muy veloz de lo social y lo vincular.
Frente a un escenario marcado por la incertidumbre y el desgaste social, ¿dónde ves hoy experiencias o prácticas capaces de producir cuidado, sostén o reconstrucción de lazos? ¿Qué potencia encontrás en lo colectivo para enfrentar estos malestares contemporáneos?
Creo que hoy hay muchas experiencias significativas, sobre todo en lo micro. En casi todos los barrios y territorios existen prácticas que trabajan desde lo vincular y que producen cuidado.
Veo mucha potencia en lo artístico, lo creativo y lo recreativo cuando se trabajan desde una lógica colectiva. El arte comunitario, el teatro comunitario, el canto colectivo o las experiencias culturales permiten resignificar los padecimientos, recuperar el placer en lo colectivo y reconstruir la idea de que podemos ser sujetos de transformación social.

Eso es muy importante porque justamente el modelo actual cuestiona permanentemente nuestra capacidad de hacer con otros y otras. Recuperar la posibilidad de imaginar futuros deseables, crear colectivamente y sostener redes solidarias tiene un enorme valor en términos de salud mental comunitaria.
También lo deportivo, lo educativo y muchas experiencias territoriales siguen funcionando como espacios de cuidado y sostén. Creo que hoy la clave es poder mapear en cada territorio dónde están ocurriendo esos procesos, muchas veces pequeños o invisibilizados, pero muy potentes.
Sabemos además que en tiempos de crisis suelen reorganizarse nuevas formas de participación y organización colectiva. Pasó con las experiencias asamblearias del 2001 y hoy vemos nuevamente ciertos procesos de reorganización social y territorial. Hay experiencias muy diversas y significativas que siguen construyendo redes de cuidado y produciendo salud mental desde lo colectivo.
