
¡Hola! ¿Cómo están? Febrero se hizo tan corto para los que amamos el verano que se nos pasó volando, y quienes disfrutamos de los días de calor lo percibimos aún más efímero. La sensación de que la estación estival se nos escapa de las manos genera una nostalgia particular.
Sin embargo, aún no es momento de preocuparse, arranca marzo; todavía quedan muchos días de agobio y de mente en modo: quisiera estar en el mar. El verano aún no se va.
Ese deseo de escapar hacia el mar es un anhelo recurrente. Algunos tienen la posibilidad de hacerlo realidad y sumergirse en el océano, pero muchos otros lo llevamos en la piel como un recuerdo latente. Es una experiencia que se revive cada año, transigiendo con la rutina de la vida cotidiana.
Y como todavía queda verano, el ícono emblemático de la costa argentina nos llama, invitándonos a sus playas y rincones cercanos. Mar del Plata ejerce una atracción casi mítica, como si fuera una sirena de Surrentum, erguida sobre las piedras, desplegando su sensualidad y su canto. Así nos convoca, seduciéndonos a naufragar en unos días distintos a la rutina.

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Mar del Plata tiene una historia interesante que comienza en 1874, año en que fue fundada por Patricio Peralta Ramos. Sus orígenes están marcados por una población diversa, compuesta tanto por habitantes rurales como por inmigrantes, quienes aportaron distintas tradiciones y costumbres a la vida diaria de la ciudad.
Con el tiempo, se transformó en el epicentro de la élite argentina. Entre diciembre y marzo, familias patricias y miembros de la alta sociedad elegían sus playas como destino, disfrutando del mar, de una arquitectura evocadora de la sofisticación europea y de vistas panorámicas en cada esquina, consolidando su fama como un lugar distinguido.
El rumbo de Mar del Plata cambió para siempre a mediados del siglo pasado, llegando a su apogeo turístico en los años ’60 y convirtiendo a la ciudad en protagonista de una nueva felicidad colectiva luego de que en 1945, mediante la firma del Decreto Ley 1740/45 impulsado por el gobierno de Juan Domingo Perón se efectivizara la adquisición del derecho a las vacaciones pagas por parte de los trabajadores en relación de dependencia. Dejó de ser solo un destino de élite para transformarse en un clásico de la identidad argentina y en un símbolo del inconsciente colectivo asociado a la palabra “vacaciones”.

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Al pensar en el día de mi muerte, confieso que lo pienso, resuena un deseo simple pero profundo: que alguien cercano me ayude a recordar los días en Mar del Plata.
Que me digas: ¿te acordás de Mar del Plata?
Recuerdo a la abuela Pepa caminando por la rambla, contando historias sobre Alfonsina Storni. Veo a mis hijos, observando el horizonte desde lo alto de los acantilados, imaginando el otro lado del mundo. Siento todavía la emoción de bajar la ventanilla del auto bajando por la Avenida Colón, para dejar entrar el aire fresco con olor a sal.
Vuelvo a ser feliz contemplando desde la costa o desde el muelle a los surfistas, siguiendo sus movimientos hasta que el viento sopla el mar. El recuerdo de los hoteles, testigos silenciosos de tantas historias, se mezcla con aromas y sabores: los mariscos y pescados frescos del puerto, los churros de Manolo y los sorrentinos de la trattoría Véspoli, un ritual familiar de cada visita.

Rambla, Casino y Hotel Provincial de Mar del Plata
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Hoy quiero hablar sobre este libro: “Los Sorrentinos”, de Virginia Higa. Una obra que explora profundamente el sentido del origen y la identidad, así como la pasión que impulsa a vivir. A través de sus páginas, el libro nos invita a reflexionar sobre los lazos familiares, el amor y los recuerdos que nos sostienen y nos acompañan a lo largo del tiempo. Esta historia revela la fuerza de los vínculos afectivos, a reafirmar nuestra existencia y a festejar los momentos compartidos.
La autora de esta novela, tiene una herencia cultural rica y diversa; es descendiente de japoneses e italianos. Nació en Bahía Blanca en 1983 y su vida estuvo marcada por el paso por distintas ciudades: Mar del Plata, Río Tercero y Buenos Aires. Actualmente, reside en Estocolmo. Su trabajo como escritora y traductora se ha plasmado en dos libros de su propia autoría y en varias traducciones. También ejerce como profesora de español.
“Los Sorrentinos”, publicada por Editorial Sigilo en 2018, es la primera novela de Virginia Higa. Este texto se sumerge en el origen de una pasta rellena única: los sorrentinos, una creación genuinamente argentina que, aunque su nombre remite a Sorrento, en la costa amalfitana italiana, no existe en Italia.

La trama está protagonizada por Chiche, quien, más allá de no ser el inventor de los sorrentinos, se convierte en el pilar fundamental de su familia. A través de su trabajo, carisma, afecto y devoción, Chiche sostiene el entramado familiar y da vida al mito marplatense de los sorrentinos. Su figura encarna ese espíritu colectivo que transforma una receta en legado y, a la vez, en leyenda.
La historia de los sorrentinos, tal como la narra la novela, adquiere dimensiones épicas y casi fundacionales, evocando por momentos la magnitud de relatos como la fundación de Roma. Así, la narración se convierte en una celebración de la ambición, el esfuerzo y el poder de la tradición familiar, todo teñido por el sabor y la memoria de una ciudad que supo hacer de su gastronomía un mito propio.
La novela construye su núcleo narrativo a partir de la presentación de los integrantes de la familia Véspoli. Este relato se desarrolla a través de historias transmitidas de generación en generación, donde cada miembro encuentra su lugar en el entramado familiar. Los sucesos relevantes que han marcado sus vidas se van abriendo paso en el relato, acercándose a nuestro propio sentir y resonando en nuestras fibras personales.
Las anécdotas que aparecen en la obra sirven para exaltar el perfil de los personajes, quienes, aunque presentan rasgos algo estereotipados, logran despertar empatía en el lector. Estas historias reflejan, en muchos casos, nuestras propias vivencias familiares, haciendo que nos reconozcamos en sus gestos, costumbres y formas de afrontar la vida.

Virginia Higa desarrolla un enfoque narrativo que fluye entre la perspectiva de los personajes y una mirada más abarcadora, generando un movimiento constante de acercamiento y alejamiento en la narración desde una voz que no participa de los hechos pero que se tiñe entre la parentela. Este recurso permite al lector sumergirse en la historia, participando de las experiencias que atraviesan los diferentes miembros de la familia Véspoli. Así, la autora logra que cada episodio de vida se perciba como una ola que nos envuelve y nos invita a explorar las profundidades de la identidad familiar.
Al mismo tiempo, la ambientación de la trattoría se vuelve fundamental: la posibilidad de espiar la cocina junto a los clientes nos permite impregnarnos del ambiente que rodea a los personajes. Los detalles cotidianos, como compartir una foto en la mesa familiar junto al Chiche, refuerzan la sensación de cercanía y pertenencia. De este modo, cada palabra de Higa se transforma en una invitación a saborear el relato, guiando al lector hasta el último suspiro que evoca el espíritu y la calidez de los lazos familiares y de un pasado glorioso.
En la voz de los personajes de los sorrentinos se construye un lenguaje propio, fruto de su rubro gastronómico y de la condición de inmigrantes italianos y descendientes directos. Este aspecto lingüístico del discurso del texto nos recuerda que la palabra narrada se constituye inquebrantable frente a los bienes materiales que van y vienen en esta historia como en la vida misma.
La novela emplea un lenguaje que refleja tanto la cotidianeidad de la trattoría como la herencia cultural de la familia Véspoli. Los diálogos y expresiones están impregnados de términos ligados a la cocina y a las tradiciones familiares, lo que no solo aporta realismo, sino que también fortalece la identidad de los personajes. Así, la oralidad se transforma en un elemento central, donde cada palabra adquiere valor como testimonio y como legado.
Este uso singular del idioma no solo diferencia a los personajes, sino que también los une en torno a una memoria colectiva. A través del habla, se transmiten historias, anécdotas y enseñanzas que perduran más allá de los objetos materiales o del paso del tiempo. En ese sentido, el lenguaje se erige como el verdadero patrimonio de la familia, la marca indeleble que resiste las pérdidas y los cambios, y que perpetúa el espíritu de sus raíces inmigrantes.
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La familia, además de constituir una organización social y responder a determinados mandatos, puede ser comprendida como ese espacio fundamental que nos alberga y acompaña en el proceso de crecimiento. Es en el seno familiar donde se forja una parte esencial de nuestra identidad, ya que allí compartimos historias, costumbres y valores transmitidos de generación en generación. Así, la familia no solo nos integra en un entramado social, sino que también nos brinda la oportunidad de formar parte de un relato colectivo, una narración viva que se construye y enriquece a lo largo de toda la vida. Este relato, tejido a partir de vivencias, anécdotas y enseñanzas, se convierte en el soporte que sostiene nuestra memoria y refuerza los lazos que nos unen.
Durante el verano, volví a encontrarme observando desde mi habitación de veraneo, el Hotel Provincial y el mar de La Bristol, sumergiéndome en un pasado de historias familiares que, como ocurre en tantas familias donde la tanada es protagonista, se mantiene como un secreto a voces. Esa búsqueda de identidad y pertenencia se ve reflejada en los recuerdos compartidos y en las pequeñas tradiciones que nos definen.
Entre los recuerdos más vívidos, me sorprendió la presencia de palabras inventadas que circulaban en las conversaciones familiares, funcionando como un código propio de quienes han vivido una vida en común, de quienes saben que existe un lugar al que siempre se puede volver, para bien o para mal. Estas expresiones, nacidas de anécdotas, de la media lengua de los niños pequeños, y de los chistes, humoradas y anécdotas contadas, se convirtieron en fragmentos del relato de nuestra historia. Cada palabra, cada gesto, cada risa, cada tragedia fue una pieza fundamental en el entramado familiar, reflejo de una memoria colectiva que se perpetúa a través del tiempo.
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Volviendo a la novela, entre las expresiones propias que circulan en el seno de la familia Véspoli, destaca la invención de palabras como “catrosho” y su forma femenina “catrosha”. Estas voces, surgidas en el ámbito íntimo y cotidiano, reflejan no solo la creatividad lingüística del grupo familiar, sino también las particularidades de sus vínculos y su memoria colectiva. Sin embargo, es importante señalar que, mientras “catrosho” posee un sentido específico, el femenino “catrosha” adquiere una connotación peyorativa. Este matiz pone en evidencia cómo, incluso en el lenguaje que se forja puertas adentro, pueden reproducirse lógicas patriarcales heredadas, propias de la institución de la lengua. A través de este ejemplo, la novela invita a pensar en la necesidad de abordar las historias familiares y la transmisión cultural desde una perspectiva de género. La mirada sobre la familia Véspoli y sus raíces, que se extienden hasta la Italia fascista de Mussolini, permite advertir cómo los discursos y las prácticas lingüísticas no son inocentes, sino que portan marcas históricas y sociales. Así, la historia de los sorrentinos no solo es una crónica de costumbres y afectos, sino también un espacio para interrogar los cimientos culturales sobre los que se erige la identidad familiar en una comunidad.

La visión política que recorre la historia de los Véspoli se encuentra fuertemente ligada al contexto de Mar del Plata, una ciudad caracterizada por la presencia significativa de inmigrantes italianos, quienes aportaron su cultura y tradiciones a lo largo de generaciones. Esta ciudad, que en su pasado exhibió rasgos elitistas, ha experimentado una transformación en su composición social, presentando en la actualidad una escena donde conviven la memoria de aquellos orígenes con el dinamismo de un presente marcado por la diversidad.
En el transcurso de la historia narrada en “Los sorrentinos”, las playas de Mar del Plata se llenan cada temporada de turistas provenientes de diferentes rincones del país, especialmente de sectores de la clase trabajadora, apodados por los Véspoli como “chinazos”. Sin embargo, tanto los Véspoli que vinieron de Sorrento como los veraneantes comparten una condición común: todos llegaron a la ciudad por placer, motivados por el deseo de disfrutar y descansar, y no por la necesidad.
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La novela no pierde de vista el trasfondo migratorio, tanto interno como externo, ni omite las huellas de prejuicio y discriminación que atraviesan la historia de la ciudad y de sus habitantes.
Sin embargo, Mar del Plata emerge como un escenario en el que el placer se despliega en toda su amplitud, extendiéndose desde el mar hasta el último bocado compartido en la mesa. Este goce, lejos de ser exclusivo, se manifiesta como un atributo colectivo, donde la diversidad encuentra su lugar y la experiencia se vuelve inclusiva: todos, en nuestra multiplicidad, hallamos un espacio en Mar del Plata.
En la ciudad, los sentidos se entrelazan en rituales cotidianos y veraniegos: el frescor del agua en un chapuzón, la calidez de una cena familiar, el ritmo tranquilo de una caminata que recorre la costa desde Varesse hasta La Perla, atravesando puntos emblemáticos como el Torreón. De esta manera, se configura como un territorio donde las historias personales y colectivas se funden en torno al disfrute y al encuentro, resignificando la ciudad como un refugio y un punto de convergencia para quienes buscan un lugar al que siempre se puede regresar.

La escritura de Virginia Higa se caracteriza por una profunda carga sensorial, donde las imágenes visuales, auditivas, gustativas, olfativas y táctiles atraviesan el relato y permiten al lector empaparse del universo de la novela. Cada página está impregnada de sensaciones y recuerdos que evocan la vida cotidiana de la trattoría y la herencia cultural de la familia Véspoli. Esta riqueza sensorial no solo aporta realismo y matices a la narración, sino que también convierte la lectura en una experiencia envolvente, capaz de revivir memorias y emociones a través de los sentidos.
A medida que avanzamos en la novela, estos estímulos sensoriales se entrelazan con las tradiciones familiares, los rituales compartidos y la memoria colectiva que sostiene la identidad de los personajes. Así, el texto trasciende la anécdota para convertirse en una obra que, aunque breve, permanece en el tiempo y se resignifica con cada nueva lectura, consolidándose como una pieza literaria que celebra la perdurabilidad de los lazos afectivos y culturales.
La identidad de los Véspoli se forja y se cocina día a día en torno a la comida y la abundancia. Los rituales de comer juntos y servir la mesa no solo alimentan el cuerpo, sino que también moldean el carácter y los lazos familiares. A través de estos encuentros, se consolidan valores, costumbres y recuerdos que se transmiten oralmente, generación tras generación, como una herencia viva.
La mesa de los Véspoli es mucho más que un espacio físico; es el escenario donde se narran las historias ficcionadas de los miembros de la familia, donde cada anécdota, cada palabra inventada y cada gesto se convierten en parte fundamental de la memoria colectiva. Así, la narración familiar no se priva de ningún condimento: todas las historias de una familia italiana encuentran su lugar, enriqueciendo el relato y tejiendo una identidad común que atraviesa el tiempo y las generaciones.
La familia Véspoli se presenta como un núcleo numeroso y diverso, compuesto por integrantes auténticos que portan el apellido y por todos aquellos que, a lo largo del tiempo, han pasado a formar parte de su universo afectivo: novias y novios, empleados, amistades y matrimonios. Cada miembro aporta sus historias y matices, sumando voces y experiencias a la memoria común.
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Quizás sea por haber hallado un lugar en esa familia extendida de lectores que se reúnen en torno a la conversación sobre esta novela entrañable que hoy nos convoca, es que surge el deseo de invitar a otros a regresar a Mar del Plata a través de “Los sorrentinos”, a dejarse llevar por el llamado de la ciudad y de la historia compartida. Aunque las sirenas ya no reposen sobre las piedras, la tradición permanece viva en la mesa: las pastas, símbolo de la herencia y el encuentro, siguen siendo unas de las mejores del mundo. Así, la novela celebra el placer de la compañía, la hospitalidad y la persistencia de los rituales familiares que convierten cada regreso en una fiesta de sentidos y recuerdos.
Gracias por leerme
Los leo en comentarios
Hasta la próxima
