Malvinas, un proyecto de un país. Entrevista a Federico Lorenz
Argentina es un país con una configuración geográfica singular: a su extenso territorio continental se suma una proyección marítima de enorme escala en el Atlántico Sur, una de las plataformas continentales más amplias del mundo y una condición bicontinental que se prolonga hacia la Antártida. Sin embargo, esa dimensión marítima, clave en términos económicos, estratégicos y políticos, ha ocupado históricamente un lugar marginal en la construcción del proyecto nacional. En ese contexto, la cuestión Malvinas no solo invita a revisar el pasado, sino también a pensar horizontes posibles. En diálogo con el historiador Federico Lorenz, abordamos esas tensiones para imaginar escenarios, proyectar debates y pensar el lugar de las Islas Malvinas en relación con un desafío mayor: el vínculo de la Argentina con su mar.
En distintas entrevistas, planteaste que pensar la recuperación de Malvinas sin imaginar el país que las integraría convierte esa idea en una “abstracción”. En ese sentido, ¿Qué elementos concretos debería tener ese proyecto de país para que Malvinas deje de ser un mandato simbólico y pase a constituir una dimensión estructural de la Argentina?
Cuando digo que pensar la recuperación de Malvinas sin imaginar el país que las integraría es una abstracción, estoy señalando algo que para mí es central: Malvinas no puede ser solo un mandato patriótico que se agota en el reclamo diplomático o en la conmemoración escolar, una ficción orientadora sin ningún anclaje en políticas reales. Se transforma en una suerte de obsesión o profecía que no organiza la acción a largo plazo, pero que habilita a distintos actores a anunciarla o construir su legitimidad a partir de ella.
Un proyecto de país que incorpore a Malvinas como dimensión estructural tiene que empezar por dejar de tratarlas como “lo otro”, como el territorio amputado (sin que deje obviamente de serlo, desde ya), porque eso las transforma en un lugar remoto al que solo se va a izar la bandera o a hacer una campaña militar. Tiene que implicar, en primer lugar, entender que la soberanía plena implica habitar, poblar, desarrollar. Esto significa pensar en serio en infraestructura: conectividad aérea y marítima regular, no como excepción; servicios públicos dignos; políticas de poblamiento que no reproduzcan la lógica extractivista ni la de un enclave militar, sino que garanticen derechos, educación, salud. Pero eso solo puede sostenerse si la Argentina “entera” se piensa a sí misma como un país con proyección oceánica.
Un proyecto de país que incorpore a Malvinas como dimensión estructural tiene que empezar por dejar de tratarlas como “lo otro”, como el territorio amputado (sin que deje obviamente de serlo, desde ya), porque eso las transforma en un lugar remoto al que solo se va a izar la bandera o a hacer una campaña militar
En este contexto de un corrimiento general a la derecha, esta idea de la abstracción que es ineficaz en términos políticos pero convocante en términos identitarios y de apropiación se vuelve aún más relevante. Ocurre que en “Malvinas” confluyen, como consecuencia, proyectos o corrientes histórica e ideológicamente opuestas. Se produce una transversalidad engañosa. Hay que empezar, conceptualmente, desde bien abajo. Repensar el federalismo y nuestra idea de comunidad y de nación. Mientras eso no suceda, Malvinas seguirá siendo una postal o una reliquia que, como la sangre de San Genaro, vuelve a licuarse una vez al año.
También señalás que no hay que pensar Malvinas en clave porteñocéntrica, sino como parte de la Patagonia y del Atlántico Sur. Si esa mirada se desplazara efectivamente: ¿cómo cambiaría la forma en que la Argentina organiza su territorio, su economía y sus prioridades estratégicas?
Lo del porteñocentrismo es clave, porque se trata de una perspectiva, una forma de entender el país arraigada en procesos históricos de larga data y que básicamente construyeron. Material y simbólicamente, la mirada de las provincias subordinadas al centro, que es Buenos Aires. Cuando uno dice que Malvinas hay que pensarla como parte de la Patagonia y del Atlántico Sur, está diciendo que las islas no son una excepción, sino un eslabón más de una región enorme que abarca desde el litoral costero de la provincia de Buenos Aires hasta Tierra del Fuego, para llegar a la Antártida.
Si esa mirada se desplazara efectivamente, la Argentina tendría que reorganizar su territorio en función de las cuencas marítimas, no solo de los límites terrestres. Eso implicaría, por ejemplo, dejar de tratar a las provincias patagónicas como apéndices o como territorios a explotar desde Buenos Aires. Implicaría puertos activos, no puertos abandonados; implicaría una red de ciudades costeras con desarrollo real, no con economías de subsistencia o mono productivas. Y económicamente, significaría entender que el Atlántico Sur es una fuente de recursos pesqueros, energéticos, de conectividad global, que no puede seguir siendo pensado desde escritorios porteños con lógica de corto plazo. O escritorios en otras provincias argentinas, pero que replican esa lógica.

Hoy, cuando uno mira el mapa de concesiones pesqueras o de exploración offshore, ve que hay intereses económicos muy concretos operando en el mar, pero sin un proyecto nacional detrás. Si realmente pensáramos a Malvinas como parte de la Patagonia, las prioridades estratégicas cambiarían: la defensa de los recursos naturales dejaría de ser un discurso para volverse política de Estado; la formación de profesionales en ciencias del mar, en logística portuaria, en derecho del mar, pasaría a ser prioritaria; y la infraestructura energética estaría pensada en función de abastecer a las poblaciones costeras y a las islas, y no solo a los centros urbanos del norte.
Pero además, cambiaría la forma en que nos relacionamos con el mundo. Dejaríamos de pensar el Atlántico como un límite y lo entenderíamos como un espacio de conexión con África, con la Antártida, con el resto de América del Sur. Y ahí Malvinas tiene un lugar estratégico que hoy está siendo capitalizado por el Reino Unido sin que eso genere una reacción efectiva en términos de presencia argentina.
En línea con esa perspectiva, y retomando la idea de una Argentina marítima que aún no termina de asumirse como tal, ¿cómo imaginás la economía del país en un escenario en el que las islas Malvinas estuvieran bajo soberanía nacional? ¿Qué sectores y dinámicas adquirirían centralidad?
Imaginar la economía argentina con Malvinas bajo soberanía argentina es un ejercicio que exige, antes que nada, dejar de lado la idea de que las islas son una “caja” de recursos a repartir. Porque eso también es una herencia colonial: pensar que el valor de las islas está solo en el petróleo, la pesca o el turismo, y que la solución es que esos recursos pasen a manos argentinas. Eso no es soberanía, es cambiar de patrón.
Para mí, una Argentina marítima que asumiera su soberanía sobre Malvinas tendría que desarrollar una economía donde el mar sea un eje estructurante de la producción, el trabajo y la vida cotidiana. Eso implica, por un lado, una industria pesquera sustentable, regulada, con agregado de valor en territorio, no solo extractiva. Hoy, la flota que pesca en el Atlántico Sur tiene escaso arraigo local; en un escenario de soberanía plena, las islas y las ciudades costeras patagónicas serían centros de procesamiento, investigación y formación.
En materia energética, habría que definir un modelo que no repita la lógica de enclave. Si hay recursos hidrocarburíferos en la plataforma, su explotación tendría que estar subordinada a un plan de transición energética y al desarrollo de las regiones. No puede ser que, como pasó con Vaca Muerta, los recursos beneficien a un puñado de empresas y el resto del país no vea ninguna transformación estructural.
Pero también me parece central pensar en la economía del conocimiento asociada al mar. Argentina tiene un capital humano enorme en oceanografía, biología marina, logística antártica y humanidades que hoy está desaprovechado. Urge un polo científico-técnico en el Atlántico Sur de escala internacional. Eso no es ciencia ficción: otros países con menos historia que nosotros en la Antártida han logrado desarrollar centros de investigación que son motores económicos y de arraigo poblacional.

Y finalmente, el turismo. Pero no el turismo de élite que hoy opera desde afuera, sino un turismo integrado al circuito patagónico, con regulación ambiental, con participación de las comunidades locales, que entienda que las islas no son un parque temático sino un territorio con historia propia, con sus tragedias, con sus memorias.
Si hoy, como sugerís, el mar continúa siendo percibido más como un espacio de ocio que como un eje estructural, ¿qué revela esa limitación sobre las políticas públicas y las élites dirigentes? ¿Qué transformaciones serían necesarias para construir, en términos concretos, un país con una visión marítima estratégica?
Cuando digo que el mar sigue siendo percibido como un espacio de ocio, estoy hablando de algo que se nota hasta en la forma en que se organizan los feriados, las vacaciones, los medios. Para la mayoría de nosotros es Mar del Plata, Pinamar. La costa atlántica es sinónimo de veraneo. Un extenso lugar de consumo, apenas con algunas islas de producción. Un litoral de presencia estacional, no de arraigo. Y eso no es inocente.
Esa limitación revela varias cosas. Primero, que nuestras élites –tanto políticas como económicas– tienen una mirada continentalista y agroexportadora que sigue dominando la economía. Para el sector concentrado, el país es la Pampa Húmeda, y el resto, incluyendo el mar, es periferia. Segundo, revela que salvo en momentos muy concretos las políticas públicas han sido históricamente débiles en materia de soberanía marítima
No soy un experto en políticas públicas pero pienso en una agencia marítima nacional que tenga rango de ministerio o secretaría de Estado, que articule defensa, producción, ciencia, infraestructura. Hoy todo está fragmentado, y eso hace que no haya una política integral.
Finalmente, hay toda una cuestión política a repensar: hay que despolarizar la cuestión Malvinas. Mientras siga siendo un tema que se usa para pegarle al adversario de turno, que funcione como “argentinómetro”, será muy difícil construir una política de Estado. La recuperación efectiva de la soberanía –que no es un hecho mágico, es un proceso largo– exige consensos básicos sobre el valor del mar, sobre la necesidad de estar presentes, sobre la memoria de los caídos que no puede ser instrumentalizada.
No soy un experto en políticas públicas pero pienso en una agencia marítima nacional que tenga rango de ministerio o secretaría de Estado, que articule defensa, producción, ciencia, infraestructura
En síntesis, Malvinas no es solo un problema diplomático ni solo una herida abierta. Es un espejo donde miramos nuestras limitaciones como país. Si no somos capaces de imaginar una Argentina que ocupe su mar, que lo habite, que lo desarrolle con justicia social y con respeto por el ambiente y la memoria, entonces el reclamo por Malvinas seguirá siendo una abstracción. Los muertos en la guerra y posguerra, sus familias, los que volvieron y los que todavía hoy llevan esas heridas, merecen algo más que palabras. De la misma manera, cantidad de funcionarios, empleados de empresas públicas, que abogaron por formas distintas de aproximarse a la cuestión. Merecen que pensemos el país que queremos ser, y que en ese país, las islas sean parte de un proyecto colectivo, no un símbolo vacío.

