El acceso al lago Escondido — en plena cordillera rionegrina — permanece cercado por 12 mil hectáreas compradas fraudulentamente por el empresario británico Joe Lewis en zona de frontera. En ese escenario, cincuenta marchantes de todo el país caminamos desde Bolsón, hasta el lago por el camino de montaña. La novena marcha volvió a hacer visible que, sea por el camino que sea, el paso no está garantizado, mientras el gobierno nacional intenta desarmar los límites a la propiedad extranjera de la tierra.

Llegamos en el minibús del Padre Paco — la “Paconeta”, como ya lo habían bautizado los marchantes — y la primera escena con la que nos encontramos fue un control policial. En el paraje El Foyel, a metros del portón que cierra el camino histórico, nos demoraron a la ida y a la vuelta: documentación, hoja de ruta y lista de pasajeros. La garita de la Policía de Río Negro custodia la zona sobre la Ruta Nacional 40. Donde antes el camino continuaba hasta la costa, hoy hay portón, candado y vigilancia oficial permanente.
Durante años, pobladores y visitantes llegaban al lago por el camino de Tacuifí: unos 20 km desde la Ruta Nacional 40 hasta la costa principal. Un mapa del Ejército de 1969 registra esa traza directa, y una imagen satelital de 2004 todavía mostraba el puente de ingeniería sobre el río Foyel. Ese acceso fue obstruido a mediados de los 2000, mientras se iniciaba la causa judicial por el libre acceso, impulsada por la diputada Magdalena Odarda. En 2009 y 2013, distintas sentencias ordenaron garantizar su apertura; pero las decisiones fueron apeladas, luego revertidas, y hoy el expediente aguarda definición en la Corte Suprema. En los hechos, el acceso vehicular histórico permanece bloqueado, y donde antes había un puente, hoy hay restos dinamitados.

Parte del mapa topográfico de la zona de El Bolsón, donde se ve el camino de Tacuifí, que une el lago Escondido con la zona del paraje El Foyel, RN40. Instituto Geográfico Militar, 1969.
La adquisición de esas tierras en los años noventa fue denunciada como fraudulenta por involucrar un cuerpo de agua y, sobre todo, por ubicarse en zona de frontera, en tensión con la Ley 15.385 de 1944. Joe Lewis opera en la zona mediante la empresa Hidden Lake S.A., con servicios turísticos de elite. Sobre la costa atlántica posee además un aeropuerto privado, a unos 500 km en línea recta de las Islas Malvinas: una triangulación que, como mínimo, exige control público.
En ese escenario se realizó la novena marcha. Lo que antes podía hacer cualquier familia en vehículo por el camino de Tacuifí, hoy exige una travesía de montaña: 80 km entre ida y vuelta a pie desde Chacra Wharton, en las afueras de Bolsón, hasta la cabecera oeste del lago, con mochilas, carpas, comida y kayaks. La columna de montaña “Juana Azurduy” avanzó por el único acceso que el entorno del magnate reconoce; aun así, el ingreso resulta riesgoso por el acaparamiento privado de los puntos de acceso.

Policías con escudos se apostaron junto a la reja que impide el paso al camino Tacuifí, año 2024. Foto: Marcelo Martinez
La subida
El primer día llovió. Capabolsas y cubremochilas superpuestos a los abrigos. Banderas que envolvían una causa común. Mientras la respiración se alineaba, los pasos se acortaban para medir el tiempo solo en presente. La mirada, fija en el terreno a veces se levantaba para ver el paso del bosque andino patagónico a la selva valdiviana, indicio de que la frontera con Chile estaba cerca. El sol se filtraba en el bosque quemado del inicio del sendero. El fuego del año pasado había roto todo por abajo, decían. “La Juana” había suspendido la marcha para ponerse a disposición de quienes habían perdido todo.
Al ingresar al sendero, funcionarios del área protegida nos negaron la posibilidad de acampar más allá del último refugio, Los Laguitos. Eso cambió el plan de hacer noche en el lago Soberanía, parador estratégico para acortar distancias hacia el Escondido. Primer cambio forzado de estrategia en marcha.
Durante los primeros 15 km hasta el acampe en el Retamal todavía no había encontrado la distribución ideal del peso en la mochila, al segundo día entré en un paso más parejo. Llegamos al lago Lahuán y al refugio Los Laguitos, donde hicimos base. El camino, ya intacto del fuego, avanzaba entre ríos azules y bosques de coihues; y las anécdotas y saberes de los compañeros devolvían esperanza y coraje.

Columna Juana Azurduy, foto: Prensa CJA
El tercer día fuimos al lago Soberanía a pasar el día, a mitad de camino entre el refugio y el objetivo final. Probamos kayaks, reconocimos el terreno, remamos un poco. Empezamos a sentir en los talones a la gente del entorno de Lewis y a la policía, que irrumpió ese día con cuatriciclos. Personas con el rostro tapado nos sacaban fotos. Nos seguían de cerca.
Esa noche nos reunimos en un quincho del refugio para acordar los pasos a seguir. El esfuerzo físico jugaría en contra: al no tener parada intermedia, entre ida y vuelta íbamos a caminar 24 km en un día. Además, la sensación de no saber con qué nos íbamos a encontrar. A la mañana siguiente hubo que esperar a la policía, que nos demoraba con charlas calcadas a las que nos habían dado en la base. Mientras, una inspección exagerada al refugiero que nos había alojado — antiguo poblador de la zona — marcaba quién pisaba fuerte ahí.
En los últimos 6 km el camino iba al filo de una cornisa. Algunos avanzaron en kayak, trasladando a los lesionados de tantos días de caminata acumulada. Dos de nosotros cruzaron el Soberanía a nado. Cuando alcanzamos el Escondido, paradójicamente junto al cartel de “Bienvenidos”, nos esperaba un grupo impidiendo el paso. Al frente, efectivos de la Policía de Río Negro.
El grupo parecía preparado para un conflicto, al que no íbamos a entrar. Nos filmaban, algunos encapuchados, otros a caballo. Un dron sobrevolaba nuestras cabezas — prohibido en área protegida, según las indicaciones previas — . Entre las advertencias oficiales, luego de demorar el libre acceso del grupo, nos dijeron que no podíamos navegar. Éramos cincuenta caminantes dispuestos a ejercer soberanía, con nuestros derechos constitucionales en la mano. Sin señal, a 40 km de la base y a 12 del último refugio, la tensión era alta, pero la disciplina sostuvo el momento.

Parte de la banda de Lewis dirigida por el abogado de Hidden Lake S.A., José Luis Bianco, en la sirga de acceso al lago Escondido. Fotos de prensa de la columna.
La policía nos abrió el acceso. Habíamos llegado por el único camino que reconocen como habilitado. Pese a las dificultades, nos permitieron avanzar por un sendero tupido de ramas secas, sin delimitar, cercado por una cinta que decía “peligro”. Entre el camino y la costa, la presencia constante de al menos cien personas que trabajaban para la mansión, filmando y fotografiando. Para ese momento, nosotros ya habíamos caminado más de 50 km de montaña. Fuimos en fila de a uno, directo al objetivo, cuidando el latigazo de las ramas que volvían.
Al llegar a la playa de la cabecera oeste, el lago escondido se abrió como un rancho de playa improvisado: toallas de secado rápido sobre las piedras blancas, kayaks inflados. El bautizo de los primerizos y la carrera de nado de los compañeros. Contrastábamos con el grupo de hostiles, pero entre nosotros nos sentíamos seguros. En el muelle, un grupo que no nos sacaba los ojos de encima; detrás, otro grupo, entre ellos su abogado, amedrentando. Pero nosotros disfrutamos de ese lago como buenos representantes de un pueblo criado a puro club de barrio.
El regreso fue exigente. Lo difícil en subida se volvió casi mortal a la vuelta. El precipicio regalaba una vista hermosa y vertiginosa del Soberanía. Nos fuimos con el objetivo cumplido, orgullosos de haber hecho una patriada, y con la décima marcha por delante.
La bajada
A la montaña se la sube y se la baja. Los tendones de las rodillas se resienten más al descender, y hay que cuidar cada pisada. Antes de volver, nos cruzamos con cuatro turistas que, después de ver el documental que habíamos proyectado en el refugio, se animaron a ir. Su experiencia fue intimidante: los frenaron en la entrada, les hicieron preguntas, pidieron documentos y los dejaron pasar solo hasta el primer muelle, a pesar de la larga caminata.
La columna hizo su parada intermedia en el refugio Horquetas. Esa última noche, ya sin lluvia, el cielo estallaba con la Vía Láctea. El último tramo lo caminé casi entero con el Flaco Bellido, veterano de la guerra del 82. Malvinas tejía un hilo invisible en esta lucha de largo aliento por la soberanía. Entre ida y vuelta, fueron 114 km de montaña, contábamos sorprendidos.

Foto: Prensa de la columna Juana Azurduy
Antes de volver en la Paconeta pasamos a visitar a un vecino al que la columna había ayudado a reconstruir su casa el otoño anterior. Nos habló de los incendios intencionales en zonas productivas: “No quieren cooperativas de dulces, ni frutales, ni industria del mueble”, decía. “Quieren mano de obra para el hotel de lujo”. Contó que los damnificados por el fuego podían “ir a pedirle chapas a Lewis”, con una risa irónica; y que el mismo magnate había prometido un hospital en el pueblo. La red de lealtades era visible, y el Estado no solo no controlaba al inglés: lo custodiaba.
La extranjerización de la tierra tuvo su punto crítico en los años noventa, con compras fraudulentas en zonas de frontera, y ricas en bienes comunes estratégicos. Hoy esto se profundiza con el intento por derogar la Ley de tierras (26.737), única legislación que le pone un límite. El modelo es extendido en los países del sur: bienes comunes para unos pocos, e inaccesibilidad para las mayorías. Un puñado de magnates concentra tierra, agua y accesos exclusivos, apropiándose de bienes naturales que nadie creó con su trabajo, capturando renta por esos recursos y, lo peor, privatizando los accesos públicos.
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Habrá que volver a pensar una idea que atraviesa nuestra historia: la función social de la propiedad. ¿De quién es el beneficio de lo común? ¿En función de qué está su provecho? ¿A quién pertenece el agua, las playas, los ríos? ¿Se pueden acaparar por completo, o cuál es el límite?
El magnate, además, con una riqueza capaz de torcer voluntades, fue condenado en EE.UU. por uso de información privilegiada y tráfico de influencias (sobreseído luego por Donald Trump). Hoy construye un búnker subterráneo de 4.000 m² con acceso al lago capturado, sin controles, sobre un espejo de agua, a 5 km de la frontera con Chile. En ese contexto, lo de lago Escondido se convierte, en sentido estricto, en un problema de soberanía.
Que no nos pase lo de Hawái. Hasta Bad Bunny lo advirtió.
