
La nueva Ley de Régimen Penal Juvenil, que entró en vigencia el 5 de septiembre, habilita la aplicación de un régimen penal específico a adolescentes desde los 14 años. La reforma vuelve a poner en el centro de la discusión pública una pregunta que suele quedar relegada frente a los reclamos de castigo: ¿qué hacemos como sociedad con los pibes que entran en conflicto con la ley penal?
Miguel Kunst, licenciado y doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires, aborda esa pregunta en su libro Pibes chorros. Adolescentes, machos y pobres. Subjetividad de jóvenes en conflicto con la ley penal, publicado por Prometeo en 2026. La obra, fruto de su tesis doctoral y prologada por el filósofo y psicoanalista Miguel Benasayag, estudia cómo las condiciones sociales, las instituciones y los modelos culturales intervienen en la construcción de subjetividades juveniles.
Su punto de partida es que la figura del «pibe chorro» no puede explicarse únicamente a partir de las decisiones individuales ni de la comisión de un delito. La adolescencia, los mandatos de masculinidad y la pertenencia a sectores empobrecidos son dimensiones centrales para comprender esas trayectorias. En una sociedad que asocia el éxito masculino con el poder, el reconocimiento y el consumo, el delito puede convertirse, para algunos jóvenes, en una forma de construir identidad y obtener reconocimiento social. En esta entrevista con Brújula Informativa, Kunst advierte sobre los efectos que puede producir el ingreso temprano al sistema penal, cuestiona que se le atribuya a la justicia la capacidad de resolver un problema que excede sus herramientas y plantea la necesidad de fortalecer las políticas públicas educativas, culturales, laborales, comunitarias y de salud.
En tus investigaciones aparece la idea de que el estereotipo de «pibe chorro» puede producir efectos sobre la propia subjetividad e incluso sobre las trayectorias de ingreso y reingreso al sistema penal. ¿Cómo se puede responsabilizar a un joven por un delito sin reforzar, al mismo tiempo, esa identidad?
La identificación con el estereotipo de «pibe chorro» produce efectos subjetivos e identitarios que pueden incidir en el ingreso y el reingreso de los pibes al sistema penal juvenil. La construcción de la subjetividad no se da solamente de manera individual, por cuestiones intrapsíquicas, sino que también intervienen las dinámicas sociales y los lugares que una persona ocupa o que la sociedad le ofrece. Las medidas penales de encierro deberían ser la última opción, el último recurso. Cuando a un pibe lo meten en el corazón del sistema penal, en el mundo de lo criminal, empieza a ocupar esos lugares que la sociedad ofrece para quienes considera jóvenes delincuentes o pibes chorros. Todo eso hace que pueda acomodarse más fácilmente en esa identidad.
Si estamos frente a la situación de un pibe que tiene que estar en contexto de encierro, hay que revisar fuertemente cómo funcionan esos dispositivos. No deberían ser solamente instituciones de encierro y castigo, sino espacios en los que se trabaje para que, cuando cumpla su pena, pueda haber elaborado algunas cuestiones subjetivas e identitarias y fortalecido sus recursos simbólicos. Hablo de educación, formación laboral y cultura. También hay que ofrecer otras posibilidades antes de que un pibe cometa un delito y cuando sale del encierro. Otros lugares sociales posibles, otros sentidos y otras formas de producir subjetividad: espacios deportivos, un club, una iglesia, una escuela o programas culturales. Es importante distinguir entre la estética, la identidad y las prácticas criminales. No son lo mismo. Pero todas pueden aumentar la vulnerabilidad penal de un pibe. Quien se ve como un pibe chorro, se asume como tal o actúa de esa manera tiene muchas más posibilidades de ser captado por el sistema penal.

Por eso hay que intentar que los pibes puedan cumplir primero medidas no penales, comunitarias y reparatorias, en el territorio, manteniéndolos lo más lejos posible de las lógicas punitivas. Lo que estas lógicas hacen, específicamente, es deteriorar subjetivamente a la persona y reforzar su identidad criminal.
«Adolescentes, machos y pobres» condensa tres dimensiones centrales de tu libro. ¿Qué se pierde cuando estos jóvenes son pensados solamente como delincuentes y se dejan de lado su edad, su género y su pertenencia de clase?
Si hablamos de pibes chorros, los definimos, como indica el subtítulo del libro, como adolescentes, como machos y como pobres. Son dimensiones centrales para entender quiénes son. Si los pensamos solamente como delincuentes, estamos mirando el problema desde una lógica de responsabilidad individual por el acto cometido. El libro, desde un abordaje de la psicología y la psicología institucional, busca comprender quiénes son estos pibes y cuáles son las lógicas sociales que contribuyen a que se constituyan y se subjetiven como pibes chorros.
Es fundamental pensar que son adolescentes que están atravesando procesos psíquicos y trabajos simbólicos propios de esa etapa: desafiar la autoridad y las normas, explorar, ponerse en riesgo. Son procesos esperables y deseables de la adolescencia, pero para que se desarrollen de manera saludable necesitan un marco que acompañe, proteja, cuide y estructure. ¿Qué sucede con esos marcos en estos contextos? Son extremadamente precarios, y eso complica mucho los procesos adolescentes. Otro proceso fundamental es la construcción de la identidad. Los adolescentes empiezan a dejar atrás las referencias infantiles y a identificarse con nuevos modelos. La pregunta es qué modelos y referencias puede ofrecerles la sociedad.

Para los jóvenes de los barrios más vulnerados, uno de los modelos que tienen a mano es el de pibe chorro. Cuando observamos las estadísticas, vemos que quienes se subjetivan de esa manera en torno al delito son mayoritariamente varones. Entonces cabe preguntarse por qué sucede esto y qué tiene que ver con los mandatos de masculinidad. A través de esa identidad, estos pibes cumplen mandatos varoniles que establece una sociedad patriarcal: el varón debe ser poderoso, dominante, respetado, proveedor. También debe alcanzar determinados estándares de éxito y encontrar formas de obtener reconocimiento y autoestima.
Y son pobres, además, en una sociedad de consumo en la que el consumo de objetos y su exhibición tienen un peso cada vez mayor en la construcción de la identidad. Estos pibes ocupan una posición subordinada en la escala social, pero también están atravesados por esos mandatos de consumo. Deben encontrar maneras de responder a las exigencias de la masculinidad y de la adolescencia en condiciones de enorme desigualdad. En ese sentido, podemos decir que son hijos sanos de un patriarcado y de un neoliberalismo: cumplen con mandatos que la propia sociedad produce. No están al margen de esas lógicas sociales, sino que forman parte de ellas desde una posición que vuelve mucho más difíciles sus procesos adolescentes.
La nueva Ley de Régimen Penal Juvenil establece un régimen aplicable desde los 14 años. Desde tu experiencia de investigación, ¿qué efectos puede producir esa incorporación más temprana al sistema penal?
El nuevo régimen penal juvenil demuestra, en primer lugar, que existe un consenso social respecto de que debe haber un régimen penal diferenciado para jóvenes y adultos. No se debe abordar del mismo modo un delito cometido por un joven que uno cometido por un adulto. Lamentablemente, esta ley fue pensada y diseñada desde una mirada punitiva. Es una lástima, porque se perdió la oportunidad de contar con un mejor instrumento para trabajar con la penalidad juvenil.
La penalidad juvenil es un fenómeno que está recontra sobredimensionado. Son pocos los jóvenes en conflicto con la ley penal y muchos menos todavía los que cometen delitos graves. Sin embargo, es muy importante la problemática de las condiciones en las que muchas adolescencias de nuestro país están pudiendo nacer, crecer y desarrollar sus vidas.
¿A qué me refiero? A que estamos frente a un fenómeno social y de salud mental muy importante, pero no ante un fenómeno penal de esa magnitud. Ahí es donde se pierde el foco. No es un problema cuya resolución deba atribuirse exclusivamente al sistema penal, porque este no cuenta con las herramientas necesarias para hacerlo. Es una problemática que lo excede enormemente

La incorporación más temprana de un pibe al sistema penal puede profundizar, cristalizar y consolidar una subjetividad y una identidad más cercanas a lo criminal, a lo penal y a lo delictivo. Un pibe de 14 años puede ver interrumpida la posibilidad de transitar su adolescencia en libertad, en contacto con otros sentidos, otros valores y otros actores sociales, y de ocupar otros lugares en la comunidad. También se pierde la posibilidad de intervenir e incluirlo en una trama de sentidos vinculada con la cultura, la educación, el trabajo y la comunidad. Cuanto más temprano un pibe es captado por el sistema penal, más difícil puede resultar que logre correrse de ese lugar.
En el prólogo, Miguel Benasayag plantea que estos jóvenes no deberían ser pensados simplemente como «un problema a resolver o a eliminar», sino como una dimensión de la realidad que la sociedad debe asumir. ¿Qué debería hacer entonces el Estado frente a los delitos cometidos por adolescentes?
Es muy interesante ese fragmento del prólogo de Benasayag porque pone el ojo en algo central. Los pibes chorros, los jóvenes en conflicto con la ley penal, no son un problema a resolver o a eliminar. No se trata de pensar que metemos presos a quienes son pibes chorros y así resolvemos el asunto.
Lo que plantea Benasayag es que debemos pensar a estos jóvenes como una dimensión de la realidad, como una problemática que la sociedad debe asumir como propia. Tenemos que revisar y mirarnos a nosotros mismos. Siempre damos este ejemplo: estos pibes no aparecen en el año 1400 en China. Aparecen en los años 90 y 2000 en los conurbanos de la Argentina. Entonces es necesario preguntarse qué hay en las condiciones sociales de esta época y de este lugar que habilita determinadas formas de subjetivación.
Hay sujetos que encarnan esas subjetividades y otros que no. Por supuesto que existe una responsabilidad individual y que hay que pensar qué hacer con los pibes que protagonizan situaciones problemáticas. Pero también tenemos que revisar qué hay en este momento histórico que produce esos sentidos: una sociedad de consumo y patriarcal, profundos padecimientos en salud mental, dificultades económicas, deterioro del lazo social y obstáculos para acceder a un empleo genuino y formal.

A los sectores punitivos hay que decirles que, si queremos resolver el problema de la delincuencia juvenil y lo único que hacemos es meter preso a un pibe, detrás de él van a venir muchos otros. El sistema sigue operando de la misma manera y produciendo las mismas subjetividades. Después no podemos hacernos los sorprendidos porque sigan apareciendo sujetos que se subjetivan de esa forma.
Puede ser necesario mantener un orden social y trabajar con cierto grado de castigo. Pero si eso es lo único que hacemos, las intervenciones caen en saco roto. Si intervenimos penalmente, tenemos que fortalecer esas intervenciones con muchas otras políticas públicas: culturales, educativas, laborales, comunitarias y de salud. Políticas que permitan que estos pibes también puedan ir construyendo su subjetividad de otras maneras.
