La intervención militar en Caracas, que incluyó el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de Cilia Flores, anticipa un giro doctrinario de Estados Unidos que desplaza el multilateralismo y vuelve a colocar la coerción directa como eje de su política exterior.

La operación lanzada por Estados Unidos en Caracas el 3 de enero no sólo reconfigura el escenario político venezolano: expone un quiebre explícito del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial y consolidado durante la posguerra fría. La intervención militar en Venezuela, lejos de responder a una coyuntura excepcional, se inscribe en la Estrategia de Seguridad Nacional presentada en noviembre de 2025 y anticipa un abandono deliberado del multilateralismo como principio regulador del sistema internacional. En un contexto global atravesado por la erosión de la legitimidad democrática , la polarización política, la crisis migratoria y ambiental, y el ascenso de las extremas derechas, la reformulación de America First reactualiza la Doctrina Monroe bajo un nuevo corolario: habilita una política exterior basada en la intervención directa, los alineamientos condicionados y el uso abierto de la fuerza, en el marco de una disputa estratégica creciente con China.
El TEG después de la posguerra fría
El escenario global que emerge del documento de Seguridad Nacional de 2025 no reedita los esquemas de bloques rígidos propios de la Guerra Fría. Además, ni China ni Rusia sostienen hoy una política de bloques homogénea ni alianzas ideológicas estables: sus vínculos con terceros países responden a intereses económicos específicos, acuerdos bilaterales y dinámicas regionales diferenciadas como las desarrolladas por La Ruta de la Seda china o las iniciativas de cooperación surgidas en el marco de los BRICS. La competencia estratégica se desplaza así del plano militar clásico hacia las cadenas de suministro, la infraestructura crítica, el comercio y el acceso a recursos estratégicos como las tierras raras.
Con la ruptura del orden internacional que deja al descubierto la intervención militar en Venezuela, el lugar de Europa queda progresivamente diluido en una reconfiguración donde los marcos multilaterales tradicionales pierden centralidad como espacios de mediación y consenso. La erosión de los organismos internacionales, impulsada de manera explícita por la doctrina Trump, coloca al continente en una posición ambigua: dependiente en materia de seguridad, políticamente fragmentado y con escaso margen para construir una autonomía propia. En ese contexto, el multilateralismo deja de operar como un principio compartido y pasa a convertirse en un obstáculo a remover, tal como lo expresan los pasajes del propio documento que anticipan su debilitamiento, e incluso su desaparición en un plazo de dos décadas, bajo el argumento de una migración presentada como “descontrolada”.

Xi Jinping en la XVII cumbre de los BRICS. Brasil, 2025
El viraje de la política exterior estadounidense implica también un corrimiento geográfico de sus principales focos de intervención. Medio Oriente deja de ocupar el lugar central que tuvo durante décadas, tras el respaldo político y militar al genocidio perpetrado por Netanyahu en la Franja de Gaza y la consolidación de un esquema de contención regional basado en los Acuerdos de Abraham, las alianzas con las monarquías del Golfo y el rol de Israel como principal punta de lanza frente a Irán y sus aliados. Bajo este entramado, la región queda relativamente “estabilizada” desde la lógica de Washington, lo que habilita un desplazamiento de prioridades hacia otros escenarios. En paralelo, el vínculo con África es reformulado: el asistencialismo retrocede y cede lugar a una lógica comercial, coherente con una estrategia global orientada a reducir costos políticos, asegurar posiciones clave y disputar influencia en un contexto de competencia abierta con China.
América Latina y el Caribe: el patio trasero como prioridad
En este contexto, América Latina emerge como un espacio central dentro de una estrategia defensiva orientada a garantizar el control del hemisferio occidental. El documento de Seguridad Nacional la define como una región que debe permanecer “razonablemente estable y suficientemente bien gobernada”, una formulación que articula la contención de los flujos migratorios con la necesidad de limitar la influencia de actores extra-hemisféricos y asegurar el dominio sobre recursos y activos estratégicos.
Ese marco general se traduce, en el plano político, en una convivencia tensa entre gobiernos que buscan preservar ciertos márgenes de autonomía frente a Washington como Claudia Sheinbaum en México o Brasil con Lula da Silva, y aliados de la Casa Blanca subordinados e integrados a una lógica de cooperación tanto ideológica como funcional. Este ordenamiento no surge de consensos regionales ni de instancias de concertación colectiva, sino que se estructura a partir de alineamientos asimétricos, donde la asistencia económica, el respaldo diplomático y el acceso al financiamiento internacional operan como herramientas de condicionamiento político. El salvataje financiero al gobierno de Javier Milei en Argentina, en la antesala de las elecciones legislativas de 2025, expone con nitidez este patrón.
La intervención militar en Venezuela debe leerse dentro de este entramado. Tiene lugar en una región atravesada por el malestar social, la volatilidad electoral y un deterioro sostenido de las condiciones de vida, expresado en la destrucción del empleo, el vaciamiento industrial, la primarización de la economía y el debilitamiento de las capacidades estatales. No se desarrolla bajo una hegemonía progresista ni en un ciclo de integración regional, sino en un escenario de fragmentación política que amplía las posibilidades de la injerencia externa en clave militar y, al mismo tiempo, reduce los costos políticos de la intervención.
El Cono Sur y el nuevo alineamiento
Las grandes líneas del escenario global encuentran en la Argentina y en el Cono Sur un terreno especialmente permeable. El giro en política exterior impulsado por el gobierno de Javier Milei expresa una alineación explícita con Washington, cuyo rasgo distintivo es la ruptura de vínculos estratégicos con China (cada vez más real que formal), uno de los principales socios comerciales del país en las últimas décadas. Esta redefinición responde menos a una necesidad estructural que a un ordenamiento ideológico de las alianzas.
Este movimiento se inscribe en una constelación regional marcada por la emergencia o consolidación de liderazgos de extrema derecha, como los de Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile y Nayib Bukele en El Salvador. Con matices propios, estos gobiernos comparten una lectura común del escenario internacional: desconfianza hacia el multilateralismo, rechazo a los esquemas de integración regional autónoma y adhesión a una agenda de seguridad hemisférica definida desde Estados Unidos.

El presidente Trump se reunió con el presidente Milei en Washington. 22/2/2025
El reordenamiento regional plantea desafíos críticos para el Cono Sur. En una región crecientemente fragmentada, la pérdida de centralidad del multilateralismo obliga a replantear los vínculos con los BRICS, especialmente con Brasil, la principal fuerza del subcontinente. Estas relaciones se redefinen según la lógica de intereses estratégicos y alineamientos condicionados. De igual manera, la relación entre la Unión Europea y el Mercosur se tensiona, mientras la geopolítica prima sobre la integración económica y política. En este contexto, la cuestión Malvinas corre el riesgo de quedar relegada, sin posibilidad de apoyo en los organismos multilaterales e internacionales que históricamente han sostenido su visibilidad y peso estratégico para el reclamo argentino.
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Una lectura apresurada, cargada de acusaciones de traiciones, sospechas y entreguismos sobre el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores corre el riesgo de legitimar, desde la izquierda, una intervención que forma parte de una estrategia de mayor alcance. La operación no se limita a alterar el equilibrio de poder en Venezuela: busca también desplegar una guerra psicológica destinada a sembrar desconfianza, fracturas internas y divisiones políticas. En ese contexto, la consigna de “evitar un vacío de poder” funciona menos como un principio neutral y más como un recurso para debilitar la unidad del chavismo.
Durante las últimas décadas, la experiencia bolivariana, impulsada centralmente en los gobiernos de Hugo Chávez, revitalizó utopías políticas y horizontes de expectativa en amplios sectores de América Latina y del mundo. Más allá de sus límites y contradicciones, encarnó una búsqueda concreta de soberanía, justicia social e integración regional. Una transición forzada bajo intervención militar corre el riesgo de dejar raquítica esa experiencia: vaciada de su potencia simbólica y reescrita desde una narrativa de derrota inevitable.
La pregunta queda abierta: ¿serán los gobiernos progresistas, las organizaciones políticas y la militancia popular capaces de evitar una lectura que refuerce una sinergia de la derrota? Esta cuestión no concierne únicamente a Venezuela: pone en juego cómo América Latina procesa sus propias experiencias emancipatorias en un momento histórico marcado por la disputa abierta del orden internacional.
