
El otro día, en un grupo de amigxs me encontré charlando sobre el uso de las pantallas. Hablamos de los pibxs y los celulares, de cómo crecen lxs adolescentes entre notificaciones y algoritmos, de la escuela, de la salud mental y de la política que atraviesa (o no) todo eso. En un momento alguien dijo que los teléfonos te escuchan y luego te meten una publicidad sobre el tema que hablaste. De cómo regalamos nuestra información llenando formularios, casi sin darnos cuenta. Que la inteligencia artificial (IA) se usa (y bastante) en los trabajos y que ya no solo predice, sino que parece intuir lo que sentimos antes de decirlo. También había miradas críticas sobre cómo funciona la IA y sus limitaciones. Entre risas, sospechas, silencios y preguntas al ChatGPT me quedé pensando en el documental de Ofelia Fernández: “Como ser feliz”. En cómo logra poner en palabras ese ruido cotidiano: el de una generación que intenta habitar la conexión sin perder el sentido de comunidad.
El documental no busca convencer a nadie, es más bien una conversación. Y ahí está su potencia: no es una denuncia ni una catarsis, es un gesto de honestidad. Ofelia no habla “contra” las redes ni hace el clásico alegato “antipantalla” que solemos escuchar desde el “adultocentrismo”. Habla desde adentro de esa experiencia, desde la contradicción de crecer y militar en una época donde lo digital y lo afectivo se mezclan hasta volverse indistinguibles.
Cómo ser feliz: un viaje entre humor y desgarro sobre la vida digital, la ansiedad y la búsqueda de compañía en tiempos de hiperconexión.
Verlo es, de algún modo, vernos. Porque todxs, en distintos grados, nos movemos en esa frontera difusa entre lo público y lo íntimo. Lo que mostramos, lo que ocultamos, lo que no sabemos si queremos contar, la fotito para el insta, el filtro para la foto de perfil. Ella, con su exposición política y mediática, encarna esa paradoja de una generación que vive a la intemperie emocional: expuesta, hiperconectada, pero también más consciente que nunca de su propio malestar. Una generación que se permite decir “no puedo más” sin que eso implique renunciar a transformar el mundo.
Escribí tres párrafos y ya revisé el celular al menos diez veces. Notificaciones, mensajes, algo que “no puedo dejar pasar”. Hiperconectividad pura. Si me viera algún psiquiatra con vocación de etiquetar, diría que tengo déficit de atención o ansiedad digital. Tal vez tenga razón. Lo dejo boca abajo, respiración diafragmática y sigo. Me vuelvo a conectar, pero con el escrito, aprender a estar presentes, incluso en medio del zumbido constante (sí, soy de la generación MSN). Tal vez esa tensión — entre el deseo de estar y el deseo de huir — sea el pulso más honesto de nuestra época.
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En estos tiempos, donde el discurso público sobre salud mental parece desvanecerse, el documental de Ofelia propone un desplazamiento necesario. En un contexto donde el Estado se retira, donde los recortes en políticas sociales y de salud agravan el malestar cotidiano, el documental se atreve a preguntar lo que el poder prefiere callar: ¿qué nos está pasando como sociedad para que estemos tan cansados, tan aislados, tan ensimismados? Su mirada no se queda en la etiqueta — “ansiedad”, “estrés”, “burnout” — sino que piensa el malestar como síntoma político, como el efecto visible de una época que mercantiliza el tiempo, la atención y los afectos.
En estos tiempos, donde el discurso público sobre salud mental parece desvanecerse, el documental de Ofelia propone un desplazamiento necesario. En un contexto donde el Estado se retira, donde los recortes en políticas sociales y de salud agravan el malestar cotidiano, el documental se atreve a preguntar lo que el poder prefiere callar: ¿qué nos está pasando como sociedad para que estemos tan cansados, tan aislados, tan ensimismados? Su mirada no se queda en la etiqueta — “ansiedad”, “estrés”, “burnout” — sino que piensa el malestar como síntoma político, como el efecto visible de una época que mercantiliza el tiempo, la atención y los afectos.
Detrás de esa pregunta asoma algo más profundo: la salud mental como derecho humano y no como privilegio de clase. No como ese “lujo freudiano del diván” al que solo accede quien puede pagarlo, sino como una necesidad colectiva que debería sostener la comunidad. En los barrios, en las escuelas, en los centros de salud, donde el malestar no se nombra con diagnósticos, sino con bronca, cansancio o miedo a no llegar a fin de mes. Porque la ansiedad también tiene color, barrio y cuerpo.

Arqueología digital
Y en clave de género, esa desigualdad adquiere otro matiz: las mujeres y disidencias, sobre todo las más jóvenes, viven entre la sobreexposición y la precariedad. En paralelo, los varones se enfrentan a un mandato distinto pero igual de asfixiante: proveer, demostrar éxito, control, virilidad. De un lado, las pantallas que prometen visibilidad a cambio de deseo — OnlyFans, redes, filtros — ; del otro, los algoritmos que venden adrenalina en forma de apuestas online.
Distintos circuitos del mismo sistema: la economía digital del agotamiento emocional, como un sistema que convierte la atención, las emociones y el tiempo de conexión en recursos de mercado, generando cansancio, ansiedad y sobreexposición como efectos estructurales del modo en que hoy habitamos lo digital (estas ideas me surgen de poner en dialogo no solo el documental de Ofelia sino escritos de Jonathan Haidt, de Byung-Chul Han, de Nicolas Pontaquarto y aportes del portal “Faro digital”).
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En el documental, se visualiza con lucidez cómo a las mujeres jóvenes se les impone estar bien, verse bien, sostenerlo todo. Es una exigencia silenciosa que se cuela en la política, en el trabajo, en los vínculos y en las redes sociales, donde el bienestar se vuelve una performance: una época que convierte la vida emocional en un producto más. Y cuando ese sistema se combina con la desigualdad material y la falta de políticas públicas, las consecuencias pueden ser devastadoras. El reciente triple femicidio en Florencio Varela lo mostró con brutal claridad: las violencias no surgen de la nada, se incuban en el desamparo, en la precariedad, en una sociedad que desatiende el cuidado. Por eso, cuando Ofelia habla de comunidad, no lo hace en tono romántico: lo hace como una forma de defensa colectiva frente a un sistema que desgasta, que aísla, que promete felicidad pero produce cansancio.
Entre las notificaciones que me van llegando al teléfono (tengo muchas activadas, debería sacar algunas), mails, “me gusta” de Instagram y siempre WhatsApp, vuelvo al documental de Ofelia y a una escena que me quedó dando vueltas: la del cabaret. No por lo que muestra, sino por lo que sugiere. Y me pregunto: ¿qué lugar tienen los varones jóvenes en esta conversación?
La imagen representa varones, jugando el papel que se espera: una masculinidad que busca validarse en la imagen del éxito, del que puede, del que paga, pero que en el fondo también está agotada. Ahí, en esos cuerpos que se miran sin tocarse, aparece también una generación entera tratando de sentir algo en medio del ruido. Los varones, con sus propias máscaras de deseo y control; las mujeres, con la exigencia de mostrarse bien, disponibles, alegres. Ofelia no los separa: los reúne en un mismo clima, el de una época que confunde conexión con compañía y exposición con libertad.

Foto: Cómo ser feliz
La salud mental no distingue géneros, pero los modos de procesar el malestar sí. Muchos varones cargan con la exigencia de ser productivos, autosuficientes o exitosos en un mundo que no ofrece sostén, y terminan atrapados entre la precariedad y el silencio. Un silencio hecho de las promesas fallidas del capitalismo, traducidas en deudas digitales, en la ilusión de que se puede llenar lo que el propio sistema vacía. Por eso, cuando Ofelia y tantas pibas insisten en hablar de cuidados, no lo hacen para excluir, sino para ensanchar el campo de lo posible: que también los varones puedan cuidar (y no proteger), habitar la ternura, la vulnerabilidad, el deseo de comunidad.
Ahora bien… ¿Cómo podemos acompañar a una generación que no recuerda la vida sin wifi?
En Mendoza, surgió una experiencia denominada Pacto Parental impulsada en las escuelas para que familias, docentes y comunidades acuerden criterios comunes sobre el uso de celulares en la infancia. Más que una medida restrictiva, fue una forma de reconstruir comunidad frente a un escenario que a todxs nos interpela: cómo acompañar los primeros vínculos digitales, cómo recuperar la atención, cómo cuidar sin aislar. En ese sentido, el espíritu de esta iniciativa dialoga, desde otro lugar, con lo que plantea el documental de Ofelia: la necesidad de volver a hacer del cuidado una tarea colectiva, donde las decisiones sobre lo digital no sean solo individuales ni de los adultxs, sino parte de un entramado más amplio de confianza y conversación. Las escuelas sostienen el tejido social que el Estado abandona, experiencias así recuerdan que educar en lo digital también es un acto comunitario.
Estamos en está…las publicidades de apuestas online en los entretiempos de los partidos, los algoritmos que nos venden dopamina y competencia, los discursos que prometen bienestar a cambio de rendimiento. Vivimos en una época que mercantiliza la atención y anestesia el afecto. Y es ahí donde el documental se vuelve político: porque recuerda que la salud mental no se puede discutir sin hablar de desigualdad, de precarización, de soledad.

Imagen generada con IA
Como el documental está nota no intenta llegar a conclusiones claras, sino brindar una sensación persistente: que el ruido de fondo nunca va a desaparecer del todo, pero que podemos aprender a escucharnos por encima de él. Que la ansiedad, el agotamiento y la exposición no son destinos inevitables, sino señales de algo más profundo: la urgencia de repensar cómo queremos vincularnos, qué tipo de comunidad queremos ser y de qué modo queremos cuidar, también, lo que sentimos. No es cuestión de apagar los dispositivos, sino de encender la conversación, el futuro no será sin pantallas, pero puede ser con más cuidado.
