La “memoria completa” dejó de ser una consigna marginal para convertirse en un lenguaje que circula entre libros, tribunales, calles y redes sociales. Entre el revisionismo y el negacionismo, este entramado busca reordenar el pasado reciente, relativizar el terrorismo de Estado y disputar el sentido de la memoria en la Argentina contemporánea.

En el relato de las derechas sobre la última dictadura hay algo más que negacionismo, o el pedido de amnistía a militares condenados. La reivindicación de la militancia setentista en los años 2000 tuvo como reacción la emergencia de un revisionismo conservador, que emparejó el accionar guerrillero con el terror estatal. Los best-sellers de autores como Ceferino Reato y Juan Bautista Yofre se convirtieron en una historia de masas: empalmaron con la demanda de una “memoria completa” (defendida como una verdad histórica equilibradora del relato hegemónico setentista y las políticas de DDHH), y regaron el terreno donde floreció la negación del terrorismo de Estado. Si el revisionismo es una operación intelectual, y el negacionismo un discurso ideológico más básico, ambos son grados de un mismo fenómeno cultural, que va de la condena moral de la guerrilla al “afirmacionismo” exaltador de la dictadura. Estas ideas circulan entre el libro, la justicia, la derecha movilizada y las redes sociales.
Una Operación masacre al revés
El 2 de julio de 1976, una bomba voló el comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal, provocando veintitrés muertos y ciento diez heridos, la mayoría oficiales y suboficiales de la Policía Federal. En el edificio había oficinas de inteligencia y un centro clandestino de detención. El responsable de colocar los explosivos fue José María Salgado, miembro del Servicio de Informaciones Montonero infiltrado en la policía.
En 2022, la editorial Sudamericana publicó Masacre en el comedor, de Ceferino Reato. El autor se presentó como impulsor de un reclamo de justicia, en una intervención propiamente walshiana: escribe para generar un efecto político, jurídico y mediático, como Operación masacre pero al revés, ya que denuncia la violencia insurreccional en lugar de la represión ilegal.
No parece casualidad entonces que un eje del libro sea señalar a Rodolfo Walsh como autor intelectual del atentado, por su rol en la inteligencia montonera. Ya se ha observado lo insuficiente de la evidencia para atribuirle el papel principal, pero ¿y si fuera, que? ¿El compromiso con la lucha armada empaña la imagen (no de bronce, sino compleja y polémica) del militante revolucionario, el escritor, el periodista?

El problema para Reato es que “Walsh es el periodista, escritor y revolucionario argentino con la mayor cantidad de honores y reconocimientos” en plazas, calles y hasta una estación de subte. Parece insoportable para la derecha que un guerrillero de la izquierda peronista haya realizado un aporte a la cultura nacional, y sea visto como un prócer.
Al cancelar a Walsh, se quiere formatear un campo cultural que se cree hegemonizado por el progresismo. La derecha quiere no sólo disciplinar la protesta social, sino borrar del recuerdo el pasado de luchas populares.
Otro planteo del libro es el carácter terrorista del operativo, un mensaje a la justicia para que lo declare crimen de lesa humanidad, por ende imprescriptible. Para Reato, Montoneros quiso intimidar no sólo a la policía, sino a la sociedad toda, argumento que ignora la amplia historia de la guerrilla argentina.
Al igualar el azar y la selectividad, se pierden elementos clave del fenómeno terrorista, como la agresión indiscriminada y sistemática a blancos civiles. Se saca de contexto la bomba de 1976, para anudarla con los atentados a la embajada de Israel y la AMIA, llevando el pasado al presente del discurso antiterrorista global.
Jueces historiadores
En agosto de 2003, coincidiendo con la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, un sobreviviente del atentado denunció por estrago a varios ex montoneros, pero la jueza Servini de Cubría desestimó la acusación por haber prescrito el delito. Las demandas continuaron, con el apoyo de letrados como Victoria Villarruel y Carlos Manfroni, hasta junio de 2022, cuando la justicia federal revocó la decisión de la magistrada. En diciembre de 2024, los mismos jueces ordenaron investigar el hecho como una “grave violación a los derechos humanos”.
La resolución judicial no puede calificarse de negacionista. Al contrario, se arraiga en la teoría de los dos demonios, con citas al prólogo del Nunca Más y la certeza de que “los horrores de la dictadura se llevaron, por lejos, el primer lugar en la competencia de atrocidades y barbarie”. Sin embargo, el olvido del atentado de 1976 indicaría que hay “otras crueldades que analizar”. Esta simetría entre violencias, a diferencia del alfonsinismo que visibilizó los crímenes de las FFAA, termina por licuar el terror de la dictadura.
Como en Masacre en el comedor, la resolución judicial presupone la naturaleza terrorista del atentado, que “no estaba dirigido a uno, sino a todos”. Sin embargo, los ejemplos mencionados para revertir la extinción de la acción penal, remiten a grupos armados estatales o paraestatales, juzgados por crímenes contra la humanidad.

La debilidad de los argumentos legales lleva a los jueces al campo de la narrativa histórica. Para los magistrados “la historia no es una novela, ni el mundo se divide entre buenos y malos, sino en muchas tonalidades de grises”. Si en los setenta todos son grises, si hay una nivelación de las violencias, el discurso jurídico se alinea con el revisionismo conservador y la memoria completa.
Ahora bien, en el texto judicial Rodolfo Walsh aparece como uno de los posibles responsables del operativo, no como el “autor intelectual”. El derecho no tiene pruebas para imputar a Walsh, ni fundamentos para convertir el atentado en un crimen de lesa humanidad, pero el libro de Reato trata de llevar el caso a los tribunales. Si el historiador de masas está más interesado en juzgar que en reconstruir la verdad histórica, el juez en cambio se disfraza de historiador al no poder avanzar en el campo de la ley.
Protesta callejera y redes sociales
La difusión de Masacre en el comedor y las iniciativas judiciales se desplegaron en paralelo a la movilización de la calle y las redes sociales. Acusar a Rodolfo Walsh de ser el cerebro del atentado, impugna la supuesta hegemonía cultural de la izquierda, y busca redefinir los lugares de la memoria en el espacio público. En 2022, un grupo de activistas juveniles del PRO pegó afiches en la estación de subte Entre Ríos-Rodolfo Walsh, con consignas similares a los argumentos del libro.
La intervención no es una simple bajada de línea del discurso escrito. Por el contrario, intensifica sus contenidos con identidad propia, puesto que Walsh ya no es el “autor intelectual”, sino el único culpable. Reato retuiteó la noticia, y acompañó en el programa de Leuco la propuesta de reemplazar el nombre de la estación por el de la única víctima civil.
El hecho de que la pegatina, realizada un 24 de marzo, sustituya la conmemoración del golpe militar por la evocación del atentado, la vuelve abiertamente negacionista, mientras Masacre en el comedor es una operación historiográfica revisionista. Negacionistas también son las iniciativas de legisladores porteños libertarios para retirar el nombre de Walsh de la estación Entre Ríos y otros espacios públicos, o reemplazarlo por figuras como Federico Klemm y Eladia Blázquez.
También en 2022 se realizó la primera marcha para recordar a las víctimas de la bomba en el comedor, que se dirigió a la estación Rodolfo Walsh-Entre Ríos bajo la consigna “El ideólogo y la masacre”. Se vieron ejemplares de Masacre en el comedor en la protesta, y entrevistado por el historiador Facundo Fernández Barrio, un organizador sostuvo que: “si quedaba alguna duda, el libro de Reato demostró todo y causó un verdadero impacto”. La lectura confirma y potencia una creencia previa.
Algo similar ocurre en las redes sociales, que radicalizan y adulteran la historia que cuenta el libro como una droga de menor calidad: algunas respuestas al twitter de Reato por el “escrache” a Rodolfo Walsh buscan polarizar desde la indignación moral, que no deja espacio para posicionamientos partidarios: “Un pedófilo, zurdo y asesino” (…) “Durante qué gobierno se le puso el nombre de ese degenerado y terrorista?”. Lejos de los argumentos historiográficos o judiciales, la batalla cultural de las redes sociales es la continuación (y también la degradación) de la política por otros medios.
Los libros no hacen revoluciones conservadoras. Las voces de Reato, Yofre, Laje, Márquez o Villarruel no tienen ese poder, pero alimentan y se retroalimentan de la sinergia entre la producción intelectual, las operaciones judiciales, la movilización callejera y el coro alterado de las redes. Esto forma un verdadero “ecosistema” de la memoria completa, que no se reduce al negacionismo. En un bioma letrado, el autor de Masacre en el comedor podría decir “¿Yo negacionista? Escribí un libro donde Videla reconoce haber ordenado matar a miles de personas”. En el bioma de las redes sociales circulan memes del difunto dictador y elogios del Falcón verde, no hay negacionismo sino afirmacionismo. Hay que movilizarse cada 24 de marzo, y recordar siempre la historia militante de nuestros desaparecidos. Pero también deberíamos ser un poco bilingües y entender cómo piensan ellos para derrotarlos.
