De Malí a Senegal, entre alertas rojas, maternidad y preguntas incómodas, una experiencia personal se transformó en la puerta de entrada a una red feminista internacional que une distintas partes del mundo para enfrentar la violencia sexual desde la sanación y la acción colectiva.

“Solo cuando comprendemos que nunca existe una única historia, recuperamos una especie de paraíso”… esa frase de Chimamanda volvió a mí cuando recibí la noticia de que el encuentro feminista al que había sido convocada se realizaría en Malí. Hasta entonces, poco sabía de ese país de África Occidental. Como hago siempre antes de viajar, comencé a buscar información: dónde estaba, cómo era su gente, qué tipo de gobierno tenía. Pero en la pantalla comenzaron a multiplicarse las alertas rojas. Malí era, en ese momento, un territorio marcado por el golpe de Estado de 2021, inestable y desaconsejado para visitantes extranjeros.
Era mi primer viaje laboral en el que además me acompañaría mi familia: mi compañero y mi bebé de apenas un año y dos meses. La ilusión se mezclaba con la angustia. Mi familia estaba en alerta. Todos, sin excepción, me repetían lo mismo: no viajes.
Una semana después, un correo electrónico cambió el rumbo de la historia. La organización convocante informaba que el encuentro no se realizaría en Bamako, sino en Dakar, Senegal. Era mi primer viaje a África, un continente totalmente desconocido para mí. El alivio fue inmediato, aunque la sensación de estar a punto de entrar en un capítulo inesperado se mantuvo intacta.
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En mayo de 2023, bajo el cielo intenso de Dakar, finalmente se llevó a cabo el encuentro titulado “Estrategias feministas para resistir los fundamentalismos y la violencia en nombre de la religión y la cultura”. Fue coorganizado por Femmes Détroits de Malí junto al Fondo Global para las Mujeres, y lo que en principio era una reunión de análisis se convirtió en el germen de algo mayor: el inicio de la Red Global me too.
Meses más tarde, en 2024, esa semilla se transformó en realidad. me too. International lanzó oficialmente la red global, conformada por organizaciones feministas de América Latina y el Caribe y de África. Se llevaron adelante elecciones de liderazgos regionales y, en ese proceso, tuve la oportunidad de conversar con una de las flamantes líderes de África: Djingarey Maiga, oriunda de Malí, quien había sido una de las principales organizadoras del encuentro en Dakar el año anterior.

Foto: Encuentro “Estrategias feministas para resistir los fundamentalismos y la violencia en nombre de la religión y la cultura”
Djingarey compartió con esperanza el proceso que se estaba dando en Malí, donde la presencia militar parece estar ligada a un fuerte cuestionamiento al colonialismo francés y a una búsqueda de recuperación de soberanía. Su relato me interpeló de inmediato: mi primera reacción había sido asociar lo militar con los recuerdos dolorosos de la historia argentina, con la represión y la violencia estatal.
En ese cruce de relatos entendí, con más fuerza que nunca, por qué la frase de Chimamanda me había acompañado desde el inicio: no existe una sola manera de narrar lo que significa el ejército, la violencia o la seguridad. Lo que para unos pueblos puede ser símbolo de resistencia y emancipación, para otros es sinónimo de opresión y memoria de terror.
Me quedé pensando en la importancia de no extrapolar procesos, de reconocer la singularidad de los territorios y de sus luchas. Y, al mismo tiempo, me quedó un interrogante abierto: ¿qué cambia esta realidad para las sobrevivientes de violencia sexual? ¿De qué manera estos procesos políticos, tan cargados de historia y contradicciones, transforman la vida cotidiana de quienes cargan con las huellas más íntimas de la violencia?
Quizás allí resida la esencia de la red global que comenzamos a construir. La Red Global me too. nació con un objetivo central: poner fin a la violencia sexual en nuestras vidas, para que las futuras generaciones no tengan que cargar con la herida de la supervivencia. Para lograrlo, apostamos a conectar, colaborar y actuar colectivamente.
Encuentro Panafricano
Hoy la red existe como un ecosistema global que busca fortalecer a los movimientos feministas liderados por sobrevivientes y trabaja en dos frentes inseparables: la sanación y la acción. Cultiva lazos auténticos entre personas y organizaciones, promueve el intercambio de saberes entre regiones, sostiene a quienes enfrentan emergencias, ofrece recursos de sanación, amplifica la voz de las compañeras en los espacios internacionales y visibiliza los esfuerzos y luchas locales que muchas veces son ignorados por los principales medios de comunicación.
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La red, en definitiva, es un tejido de muchas historias que se cruzan y se sostienen. Un lugar donde la pluralidad no es un obstáculo, sino la condición de existencia. Donde se desafían silencios, se acompaña a las sobrevivientes y se siembra la esperanza de un mundo libre de violencias. Porque tal vez — y en eso Chimamanda tiene razón — el paraíso perdido se parece a esto: a un lugar donde nunca existe una única historia.
